CRÍTICA ACELERADA

EXPEDIENTE 005

ARCHIVO ABIERTO

Manifiesto del capitalismo numérico. Parte I

No, no es el fin de la historia, pero tampoco hay alternativa

CRÍTICA ACELERADALABORATORIO DE ESTUDIOS CRÍTICOSIDIOMA: ES

Dossier del Nodo de co-agenciamiento

Diego Giménez Vila es doctorando en Filosofía por la Universidad de Valencia, España. Es creador del canal de YouTube Indagando, un espacio en el que comparte análisis, reflexiones y comentarios sobre las lecturas que acompañan su proceso de formación e investigación. Su trabajo se caracteriza por una defensa del eclecticismo y la libertad de pensamiento, entendidos como herramientas fundamentales frente al dogmatismo y como vías para una búsqueda abierta de sentido.


Nota del autor

El siguiente texto se inscribe en un enfoque y metodología interdisciplinar que pretendo desarrollar más detalladamente en mi investigación de tesis doctoral. Un proyecto que se enmarca en diferentes campos de investigación, especialmente en ontología, economía, cibernética, sociología y filosofía de la tecnología como ejes centrales para elaborar una perspectiva renovadora que trate de reflexionar acerca del sistema socioeconómico en el que nos encontramos.

Resumen

El siguiente artículo pretende elaborar una nueva propuesta, en diálogo con la tradición, a partir de una crítica a ciertos vicios teóricos. A partir de un modelo basado en un enfoque ontológico-económico del capitalismo, el capitalismo numérico pretende subrayar ciertos problemas agudizados en la crítica cultural de las últimas décadas, abordando el capitalismo como un sistema dinámico, comparable a un software que se actualiza continuamente para adaptarse a las cambiantes condiciones sociales, económicas y culturales.

Al criticar los intentos cualitativos previos de conceptualizarlo, se propone un enfoque numérico y correlativo que registre sus transformaciones mediante hitos históricos. Asumiendo la inevitable flexibilidad del capitalismo para autorreplicarse y adaptarse, se rechazan diversas perspectivas utópicas, tratando de aproximarnos a un enfoque realista que metodológicamente sea transversal a la filosofía y las ciencias sociales.

Palabras clave: capitalismo, realismo capitalista, postcapitalismo, postmodernidad, Nick Land, Deleuze y Guattari, Mark Fisher.

1. INTRODUCCIÓN

La propuesta que pretendemos realizar en esta investigación no pretende ser disruptiva por arbitrariedad. Su eclecticismo es fruto de la necesidad de comprensión a partir de las carencias y excesos que pretende remediar. A su vez, tampoco pretende caer en el problema que critica, al contrario, su intención es mostrar la realidad de un problema con el fin de aclarar más dudas más que crear otras nuevas. Es un intento de comprender nuestra realidad social sin el filtro político y moral, aunque sus consecuencias inevitablemente no puedan ser apolíticas.

Sin embargo, su intento de aclaración intenta resolver un problema histórico, filosófico y social. La multiplicidad fragmentaria de nuestra era suele convertirse en un entramado de nomenclaturas y propuestas sobre el presente y el futuro que, en lugar de perdurar, acaban siendo otro producto efímero de nuestro tiempo. Humildemente, nuestra propuesta pretende permanecer tanto tiempo como el capitalismo aguante y, como desconocemos a priori esa información, su función e intención busca instalarse sobre aquello más esencial de la realidad social de nuestra época.

Es por eso que la presente investigación apunta en diferentes direcciones. Observa los problemas e ineficiencias del pasado, observa los desajustes interpretativos del presente y, por último, plantea un modo de aproximarnos al horizonte que se atisba en el futuro.

En el primer capítulo, intentamos plantear el problema que sostiene e incentiva nuestra propuesta. Este problema, como veremos, parece que a nadie parece preocupar pero que, sin embargo, dificulta la tarea interpretativa de nuestro tiempo.

En el segundo capítulo, nuestra misión es plantear los mejores modos que hasta la fecha han sido los más precisos al tratar de determinar la realidad sociohistórica de nuestro tiempo.

En el tercer capítulo, realizamos una crítica a los intentos de los últimos tiempos por tratar de esquivar la realidad que acontece en pos de una redención a nuestra realidad social.

En el cuarto capítulo, trataremos de exponer el por qué de nuestro enfoque, señalando la necesidad del mismo con la finalidad de escapar de los enfoques explícitamente politizados.

Por último, mostraremos nuestra propuesta en relación con los problemas, críticas y situaciones que se nos plantean alrededor de nuestra coyuntura histórica. A partir de este ejercicio de problematización, crítica y proposición; pretendemos desenvolver un enfoque que sea óptimo para analizar, para comprender y para destilar los distintos engranajes que componen nuestra realidad social. Además de tratar de dialogar y superar la tradición acerca de ciertos problemas, buscando codificar aquello que es central en nuestro tiempo y que seguirá siéndolo en nuestro horizonte de posibilidades.

2. PROBLEMÁTICA

INFLACIÓN CONCEPTUAL Y SOBREDETERMINACIÓN DE ADJETIVOS

A partir del siglo pasado, y sobre todo a mediados de este, una gran diversidad de autores han tratado de explicar y aludir a la realidad social que se ha estado fraguando a través de cambios sociales de todo tipo bajo una estructura económica capitalista. Avances tecnológicos, movimientos culturales, auge inédito de una clase media, consumo, entretenimiento, y un largo etcétera.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la denominada “sociedad del bienestar” se erigía en Occidente y el capitalismo asumió un rol hegemónico; un rol que le terminará dando la razón a la fuerza tras la caída del muro de Berlín en 1989. En esta sociedad movediza, en constante reestructuración de su axiomática interna, bajo el pretexto de sociedades liberales y socialdemócratas, y también en el tránsito de sociedades disciplinarias a sociedades de control. La realidad de nuestra época depende de una multiplicidad de formas difíciles de conceptualizar.

Cada autor, en su respectivo momento, ha tratado de dar una versión de los acontecimientos, una interpretación de los fenómenos que se inscriben en la realidad social de nuestros tiempos. En un primer momento, esto podría parecer útil y beneficioso. Cada intento de explicar la realidad social como un ladrillo con el que construir un edificio teórico y descriptivo.

Sin embargo, cuando uno reflexiona más allá de la labor concreta de cada uno de estos autores que en los últimos tiempos han mostrado una perspectiva crítica, filosófica, sociológica o económica, se dará cuenta de que sus visiones están tan dispersas y fragmentadas como la realidad social que tratan de explicar.

A primera vista, esto tampoco debería ser un problema, ya que cada autor se aproxima al fenómeno y lo analiza planteando y desplegando su potencia interpretativa. No obstante, esto que al comienzo podía parecer un pasatiempo teórico interesante, con el paso de los años termina convirtiéndose en una pesada losa de acumulación, que lejos de clarificar termina hundiéndonos más en la fragmentación de nuestra época.

Para ser más específicos sobre lo que exponemos, pongamos ejemplos concretos:

Capitalismo tardío, fordismo, taylorismo, postfordismo, postaylorismo, capitalismo industrial, capitalismo postindustrial, capitalismo cognitivo, capitalismo relacional, capitalismo afectivo, capitalismo de vigilancia, realismo capitalista, tardocapitalismo, capitalismo avanzado, capitalismo inmaterial, capitalismo digital, capitalismo de la atención, capitalismo del desastre, capitalismo verde, capitalismo de plataformas, capitalismo financiero, capitalismo extractivista, capitalismo algorítmico, tecnocapitalismo, tecnofeudalismo, sociedad de control, sociedad de consumo, sociedad del cansancio, sociedad de la información, sociedad del espectáculo, sociedad de la abundancia, sociedad del riesgo, sociedad del rendimiento, sociedad algorítmica, sociedad dataísta, sociedad líquida, modernidad tardía, tardomodernidad, posmodernidad, hipermodernidad, sobremodernidad, metamodernidad, modernidad líquida, o, nunca fuimos modernos…

Podríamos seguir citando muchos más conceptos de los últimos tiempos, ya sean derivados de estos, extensiones redundantes, variaciones dependiendo de si atañen a lo social, a lo económico o a lo histórico,… La cuestión es que si miramos con atención todos ellos y omitimos el contexto que los posibilitan —y las explicaciones que los autores muestran para justificar su urgencia— podríamos decir que llegan incluso a la parodia por reproducción endogámica.

Es más, se desarrollan y entrelazan en variables endógenas que multiplican los entes como si todos ellos apuntasen a realidades distintas, a veces incluso contradictorias. Si nos encontrásemos al margen de la realidad que los fraguó, observando como si fuésemos un alienígena descontextualizado, lo más seguro es que creyéramos que todas estas sociedades que mencionamos son distintas entre sí, como si refiriesen a universos paralelos donde se abanderan características esenciales en el centro de su fachada.

Ahora bien, la realidad es que todos estos conceptos —y los omitidos— han sido creados en un período de menos de ochenta años. Aunque sepamos que la sociedad cambia constantemente y a ritmos cada vez más acelerados, lo que no es compatible ni debería serlo es que cambien más rápido los modos en los que nos referimos a la sociedad que la sociedad misma.

Es decir, los sustantivos y adjetivos que señalan una realidad social se reproducen y replican con variaciones en cuestión de décadas o lustros, se solapan entre sí y en el mejor de los casos se complementan. Sin embargo, cuando un autor señala un nuevo concepto y toda la explicación que lo envuelve, posiciona su concepto sobre el resto retirando del centro aquel que hasta el momento gozaba de mayor respeto o adecuación a la realidad.

Tampoco queremos que parezca que criticamos las aportaciones conceptuales y teóricas de todos estos autores. No solo consideramos que en muchos casos han sido útiles, precisas y aclaratorias, sino que su función ha sido necesaria para con lo que trataban de hacer: explicar el modo cambiante de la realidad social en un estadio determinado del capitalismo.

Ahora bien, ya sea por las evidencias acontecidas en el desarrollo histórico y socioeconómico del capitalismo, o porque la navaja de Ockham no aguanta más sin afeitar todos estos conceptos que crecen como pelos en la barba de Marx, debemos poner en contexto y considerar un concepto más realista que se aleje de los intentos previos que operan desde la crítica, la ignorancia o la negación histórica del proceso ontológicamente dinámico e inmanente del capitalismo.

Antes de continuar, queremos remarcar que muchos de los conceptos anteriores han participado exitosamente en la labor de comprensión de la realidad social que les rodeaba. A pesar de ello, no todos los conceptos han marcado o han tenido el mismo reconocimiento, ni tampoco a efectos prácticos y teóricos han sido capaces de articular una visión conjunta de la imagen global del capitalismo realmente existente.

Por estos motivos, antes de mostrar nuestra visión al respecto, queremos reparar en dos de los conceptos que consideramos los intentos más importantes y exitosos a la hora de captar el núcleo de nuestro objeto de estudio. Estos son el concepto de “posmodernidad” y el de “realismo capitalista”.

3. POSMODERNIDAD Y REALISMO CAPITALISTA

ESTADIOS AVANZADOS DEL CAPITALISMO

Al hablar de posmodernidad uno no puede evitar sentir la incomodidad propia de un significante vaporoso, un significante que apunta hacia algo pero que al subsumirse en una vorágine de connotaciones y relaciones semánticas se ve acorralado por la duda de terminar de comprender aquello a lo que da forma. Aún con todo, el concepto de posmodernidad ha sido uno de los más potentes a la hora de anunciar el recorrido de nuestro contexto y de determinar el sentido volátil de nuestra era. El hecho de que todavía siga teniendo vigencia hoy en día —aunque con cierta reticencia o posibles malentendidos— es señal de que este fue capaz de captar algo de un modo totalizante y descriptivo, aún siendo especialmente característico de los años setenta y ochenta del siglo pasado. El concepto de posmodernidad ha sido asociado a distintos autores y corrientes, emparejado a movimientos culturales, modos de expresión artística, teorías de crítica cultural o análisis socioeconómicos acerca de los efectos culturales de la sociedad de consumo. Son distintos autores los que se ven emparentados a esta etiqueta, Jean-François Lyotard tal vez el más reconocido por ser el padre de la misma, sin embargo, es Fredric Jameson el que mejor recoge y excava este legado para tratar de ordenar las piezas esparcidas en el intento por comprender el concepto de posmodernidad.

Un elemento que ha estado siempre latente en el concepto de posmodernidad es el intento de capturar históricamente un período concreto. Ahora bien, aunque el acontecimiento que señala el prefijo “post-” de posmodernidad es un “después de”, sin embargo, no termina de verse si la posmodernidad es una culminación o una ruptura con la modernidad. Parece ser que es una coyuntura histórica que la hace diferenciarse de otros momentos, como si hubiera una superación con respecto a algo. No obstante, no termina de quedar claro cuál es el límite que se ha cruzado y que es lo que dictamina ese presunto cambio estructural. Jameson analiza que, el problema subyacente a la posmodernidad, es la búsqueda del cambio que nace de sí misma. Hay una intención conceptual de señalar un cambio ante la fragmentación continua de sucesos que acontecen, parecería que la posmodernidad es un tiempo en el sentido de un clima, más que un tiempo en el sentido cronológico. Su intento de apresar los acontecimientos obedece a un intento de captar los cambios continuos, más que ser un momento de culminación que parte un “antes y después” en la historia. Dice Jameson que, la teoría del posmodernismo, es “el esfuerzo por medir la temperatura de la época sin el instrumental necesario, y en una situación en la que ni siquiera estamos ya seguros de que exista algo así como una ‘época’, o Zeitgeist, o ‘sistema’ o ‘situación actual’” (Jameson, 2015a, p. 13).

Así pues, la posmodernidad intenta diagnosticar el ambiente sociohistórico en el que vivimos, es un intento de comprender nuestra realidad que se encuentra atravesada por una temporalidad conflictiva. Al fin y al cabo, esta crisis de la historicidad se relaciona con la fragmentación de los acontecimientos, el espacio ha subsumido al tiempo al interconectarse todo bajo una misma lógica: la del capitalismo avanzado1. Las reglas de juego son las mismas, y este proceso, lejos de unificar y dar una coherencia narrativa a los sucesos, más bien fragmenta la realidad en un conjunto de piezas mezcladas y unidas en un marco económico global. La experiencia de los individuos en la posmodernidad ha perdido una narrativa estructural que la sujete, es el propio hecho de sujetarse sobre sí misma lo que permite la multiplicidad de narrativas heterogéneas. Jameson comenta esta problemática acerca de la experiencia del sujeto:

El sujeto ha perdido la capacidad de extender activamente sus pro-tensiones y re-tensiones a lo largo de la variedad temporal y de organizar su pasado y su futuro en una experiencia coherente, se vuelve difícil entonces adivinar de qué manera las producciones culturales de dicho sujeto podrían resultar en algo más que ‘montones de fragmentos’ y en la práctica de la heterogeneidad fortuita, de lo fragmentario y lo aleatorio (Jameson, 2015a, p. 65).

Así pues, la distorsión temporal de la posmodernidad podría referirse a ella como un caosmos, tal como apuntaba Félix Guattari con este concepto, una suerte de interacción caótica ordenada que presenta rasgos de ambos polos y que, a su vez, difícilmente se puede tratar de aislar sistemáticamente. El modo de ser de la posmodernidad es asistemático, y es justo por ello que resulta difícil su intento de atarla mediante esquemas y pautas. No obstante a ello, tal como Jameson menciona, el núcleo de la posmodernidad reside en el hecho de que apela a un statu quo protagonizado por el capitalismo tardío (Jameson, 2015a, p. 15). De esto se deriva que la posmodernidad, sea lo que sea, será siempre un estado avanzado del sistema capitalista y, en su clima epocal, se asienta como la pauta cultural de este estadio del capitalismo.

No es una novedad plena, sino que, más bien, es una actualización y modificación ulterior a fases previas. Sobre este punto, Jameson critica la necesidad adanista de conceptualizar cada momento como si cada cambio implicase un cambio radical históricamente, parecería que este propio hecho sería un síntoma también de la posmodernidad. Expone Jameson a este respecto:

El frenesí por el que se apela prácticamente a cualquier cosa del presente como testimonio de la singularidad de este último y de su diferencia radical con momentos anteriores del tiempo humano de hecho impresiona como si se hospedase una patología distintivamente autorreferencial, como si nuestro olvido total del pasado se hubiera consumido en la contemplación vacante pero hipnotizada de un presente esquizofrénico que es, por definición, virtualmente incomparable (Jameson, 2015a, p. 15).

De este modo, parecería que cada cambio cultural, cada avance tecnológico o fenómeno inédito tuviese que generar un cambio en la estructura formal que nos hace referenciar la realidad. Sin embargo, la posmodernidad acogería conceptualmente el propio hecho de tener esta necesidad. La posmodernidad subsume la tónica de la época y su carácter ambiguo, pero amplio, recoge la diversidad de fenómenos que tal vez otras categorías —sociedad postindustrial, sociedad de consumo, globalización, etc.— tienden a limitarse a un campo concreto en aquello que señalan. El concepto de posmodernidad trataría de aglutinar las diversas series de elementos generados en y por el capitalismo tardío subsumiéndolos en su capacidad heteróclita de organizar y expandir culturalmente su propia axiomática.

Por consiguiente, creemos que —tal como expresa Jameson en el título de su obra— la definición más clara y sintética que registra el fenómeno de la posmodernidad sería entenderlo como: “la lógica cultural del capitalismo avanzado” (Jameson, 1991). De modo que debemos comprender la cuestión de la posmodernidad a través de la tensión dialéctica entre los procesos del capitalismo tardío y sus efectos en la cultura, sin atribuirle una preponderancia exclusiva a ninguna de ambas partes. Sin ir más lejos, Jameson contesta una crítica a este supuesto:

Featherstone piensa que el uso que hago del término “posmodernismo” pertenece a una categoría específicamente cultural. No es el caso y, para bien o para mal, está diseñado para nombrar un “modo de producción” en el que la producción cultural encuentra un lugar funcional específico y cuya sintomatología procede sobre todo de la cultura en mi obra (Jameson, 2015b, p. 190).

Por consiguiente, la crítica que hace Featherstone se da al suponer que Jameson trata de reducir la posmodernidad a una categoría cultural, sin embargo como Jameson indica “lo cultural” es solo una parte. La posmodernidad sería “el modo de producción” cultural pero, a su vez, este modo de producción —término marxista escogido a conciencia— obedece a una estructura capitalista que produce un caldo cultural que genera efectos específicos a nivel social, económico y político. Es justo esta problemática en torno a la cultura y el capitalismo lo que genera el contexto posmoderno.

Podríamos continuar exponiendo ciertas características de la llamada posmodernidad, sin embargo, a efectos básicos y explicativos los elementos que mencionamos ponen de relieve aquello que queremos hacer notar: el concepto de posmodernidad como un estadio avanzado del capitalismo y, también, una herramienta conceptual totalizadora de la realidad social, o, como “la lógica cultural del capitalismo avanzado”.

Ahora bien, el problema de este concepto —al igual que el resto de conceptos que tratan de cumplir esta función— es que el capitalismo, entendiéndose desde su dimensión ontológica, es un sistema dinámico que se adhiere a las mutaciones históricas tanto por sus flujos de influencia directa como por la absorción de lo que ocurre en su seno y que termina integrando dentro de sí. Es por esto más que nada que todo concepto cualitativo termina siendo parcial y caduco.

A tenor de este suceso, el segundo intento que vamos a analizar es el denominado “realismo capitalista” de Mark Fisher. A diferencia de Jameson y los autores de la posmodernidad, Fisher escribe más de treinta años después. Fisher integra en su visión el cambio histórico acontecido por dos de los fenómenos culturales, sociales, políticos y económicos más importantes de las últimas décadas: la caída del muro de Berlín en 1989 y posteriormente la crisis económica del 2008.

Más allá de otras mutaciones internas de interés que modifican la estructura y modo de ser de la sociedad capitalista, la realidad es que estos dos fenómenos tienen un impacto colosal en materia de reasignación ideológica, política y económica en el tablero global. Es por ello que el análisis de Fisher es capaz de integrar una visión más pulida de la realidad social y, a su vez, llevar a sus últimas consecuencias aquello que muchos críticos del capitalismo han ignorado al tratarse de una de sus peores pesadillas: que el capitalismo haya venido para quedarse.

En diálogo con Jameson, el realismo capitalista recogería ciertas ideas clave que irían más allá de las décadas que dieron nacimiento al concepto de posmodernidad. Tal y como expone Fisher, el concepto de posmodernidad en cierto modo es válido y cumple una función similar en algunos aspectos al de realismo capitalista2. Sin embargo, su forma no termina de cuadrar con la problemática que trata de actualizar. Fisher argumenta acerca de Jameson lo siguiente:

Lo que llamo realismo capitalista podría efectivamente subsumirse en la rúbrica del posmodernismo y la posmodernidad tal como los teorizó Jameson. Y sin embargo, a pesar de la enorme y clarificadora tarea de Jameson, el concepto de posmodernismo sigue siendo discutible; sus significados, apropiados e inútiles al mismo tiempo, son múltiples y fluctuantes. Incluso me gustaría argumentar que algunos de los procesos descritos y analizados por Jameson llegaron a agravarse y volverse crónicos de una manera tal que atravesaron también una especie de cambio de naturaleza (Fisher, 2018, pp. 28-29).

Fisher renuncia al concepto de posmodernidad en pos del de realismo capitalista por dos motivos principalmente. En primer lugar, como dijimos, la idea del realismo capitalista asume tras de sí la caída del bloque soviético y sus consecuencias ideológicas a escala global. El modelo capitalista, como expuso Fukuyama con mayor o menor acierto, se impone como la única alternativa. Cualquier otra alternativa es reconocida como indeseable, ya que el “socialismo realmente existente”, como expone Fisher, ya ha mostrado su recorrido. Ahora, no hay ninguna alternativa real ni nominal al capitalismo, “lo que enfrentamos ahora, en cambio, es un sentido más generalizado y más profundo del agotamiento y de la esterilidad política” (Fisher, 2018, p. 29).

En segundo lugar, Fisher asume que el horizonte en el que se asienta el capitalismo ahora está virgen y victorioso para sí mismo. Las generaciones que nacieron desde los años noventa han crecido sin una idea realmente válida en su imaginario. Se asume esta realidad como dada y como preferible ante la ausencia de alternativas: “Una manera de entender el realismo capitalista en lo que tiene en especial de realista es a través de su presunción de no creer ya en el gran Otro” (Fisher, 2018, pp. 78-79).

El concepto de realismo capitalista se asienta en tanto que no es imaginable una forma de organización socioeconómica distinta, el capitalismo permea todas las capas de la realidad y, a su vez, este hecho es normalizado por la naturalidad de lo dado. Si Fisher acierta con este concepto es porque el estadio actual del capitalismo ha alcanzado un punto de no retorno, un punto que antes era negado en pos de cambios radicales y especulaciones revolucionarias. Sin embargo, a día de hoy los cambios sólo pueden darse en la propia estructura tentacular del capitalismo, no en una alternativa real y radicalmente distinta.

4. ANTICAPITALISMO Y POSTCAPITALISMO

ESPEJISMOS DE DESEO

Cuando Jameson y Žižek aseveraron la potente frase de “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” (Fisher, 2018, p. 2), subliminalmente se nos muestra que cualquier tipo de catástrofe ecológica o sociopolítica en última instancia es un problema inmanente al capitalismo, no trascendente. Lejos de parecer que la naturaleza nos amenaza desde un afuera, es el afuera el que es anhelado por las diferentes posturas anticapitalistas y postcapitalistas. La realidad es que estos problemas son problemas del capitalismo, internos a sus procesos, producidos por sus dinámicas y en última instancia desafíos que se establecen en el interior de sus lindes3. De modo que lejos de amenazar la realidad material, amenazan la realidad capitalista, por estos motivos los mecanismos internos del sistema pondrán sus diferentes dispositivos de actuación para resolver a través de medidas y cambios aquello que había sido implementado en el pasado pero que ahora se torna obsoleto.

El mayor problema de las críticas de izquierda en los últimos años es que su nostalgia neomarxista no les ha permitido adaptarse a los cambios y actualizaciones que mencionamos. La nueva estructuración de la axiomática interna es mucho más poderosa y adaptativa que las pretensiones revolucionarias que generación tras generación se reavivan; el “fantasma del comunismo” que nos recordaba Jacques Derrida. Esto no quiere decir que Karl Marx sea necesariamente caduco, sino que la crítica marxista debe ser tamizada y contextualizada como una lectura y una crítica más, entre otras, ya que la realidad social desde Marx hasta entonces ha mutado radicalmente e incluso se han demostrado falsas diferentes premisas que durante mucho tiempo se creyeron dogmáticamente.

Ideas como la teoría de la explotación —sustentada en la errónea teoría objetiva del valor de Adam Smith y David Ricardo— o la predestinación del comunismo han hecho más daño que bien, ya que a día de hoy algunos siguen tomándolas como ciertas por una falacia de autoridad más que por un examen crítico de los supuestos que las sostienen. Es a estos efectos que Nick Land no solo establece una crítica tan dura como certera, sino que en su postura de enfant terrible mediante su capacidad disruptiva y su promiscuidad ideológica es capaz de asquear tanto a la derecha casposa como a la izquierda neorevolucionaria.

La incomodidad de su pensamiento debe ser vista al trasluz de la dificultad de ganarse el respeto de la izquierda en un mundo cada vez más sociopolíticamente polarizado. Al fin y al cabo, Land es el guilty pleasure de la izquierda porque aquel que es honesto con el alcance programático de sus ideas debe revisar aquellos axiomas repletos de polvo que en la actualidad han perdido fuelle, ideas que siguen siendo potentes en su lectura pero que, en la actualidad, su correlación con la realidad se queda a la altura de la superstición. Es por ello que el aceleracionismo landiano refleja una crítica que por fuerza hace tambalear el credo socioeconómico de izquierdas, una invitación a reflexionar sus fundamentos y un pistoletazo de salida a repensar los ensamblajes que sostienen las ideas del progresismo.

En el breve texto Crítica del miserabilismo trascendental, Land afila una de las críticas más incómodas a tenor de lo comentado. En primer lugar, Land recuerda que el anticapitalismo está muerto, o que por lo menos las pretensiones que el anticapitalismo tiene no son más que una ensoñación extinta, un manojo de pretensiones revolucionarias que en la actualidad no son más que narrativas imaginarias que pretenden, una vez más, tomar el control de la realidad por medio de su fijación en la posibilidad de provocar el cambio.

El problema de esto no es la intención presupuesta de la búsqueda de un mundo mejor, sino la ignorancia de la dinámica interna del sistema capitalista y la rígida creencia en que la negación de la única alternativa viable va a ser tanto mejor en la práctica como más deseable en sus efectos. El anticapitalismo más que una aspiración se revelaría como una patología de negación ante la no aceptación de ciertas dinámicas que se tornan necesarias. No es que sean necesarias porque sean definitivas, sino que son necesarias porque se permanece en la dirección del capitalismo. Dice Land a este respecto:

Probablemente nunca dejará de haber un anticapitalismo de moda, pero todas sus versiones pasarán tarde o temprano, y el capitalismo identificándose cada vez más estrechamente con su propia autosuperación, será siempre la novedad última. Los “medios” y las “relaciones” de producción se han emulsionado en redes competitivas descentralizadas bajo un control numérico, volviendo claramente inimaginables las esperanzas paleomarxistas de extraer un futuro poscapitalista de la máquina capitalista. Las máquinas se han sofisticado a sí mismas más allá de la posibilidad de una utilidad socialista, y en el proceso han encarnado la mecánica del mercado en sus intersticios nanoensamblados, evolucionando mediante algoritmos cuasidarwinianos que construyen hipercompetencia dentro de “la infraestructura”. No es apenas la sociedad, ya, sino el tiempo mismo, lo que ha tomado “el camino del capitalismo” (Land, 2019a, p. 273).

La cuestión que señala Land, es que el camino cada vez está más sedimentado y la dirección está tomada. Lejos de salirse de los raíles, el tren del capitalismo cada vez se muestra más firme y encauzado. No hablamos de que esta vaya a ser la última de las direcciones tomadas en el futuro de la especie, pero sí es la única que a medio y largo plazo continuará cuando uno observa el horizonte de posibilidades.

Por su parte, el anticapitalismo virtualmente como sistema de creencias siempre continuará. En el mejor de los casos con perspectivas novedosas, críticas y sagaces. Sin embargo, cabe recordar que estas operan siempre como una sombra, como la negación de la tesis, como la antítesis del capitalismo. Si existe A, debe existir no-A. Si existe el capitalismo debe existir la negación del mismo.

Ahora bien, hay un gran salto entre creer en la necesidad de la negación de A —como necesidad lógica— a creer que un desenlace revolucionario o sintético ocurrirá para destronar a A. Este pensamiento implica no reconocer, consciente o inconscientemente, en qué consiste realmente el capitalismo. Reservaremos para el próximo apartado las debidas explicaciones.

Dicho lo anterior, queda patente que desde el nacimiento del aceleracionismo a partir de Land y el realismo capitalista de Fisher, el anticapitalismo difícilmente ha conseguido levantar cabeza en materia de exponer un programa que sea realmente realista a la hora de adoptar un plan que nos lleve a un camino distinto. No obstante, en diálogo con estos autores, otros pensadores en los últimos años han desarrollado algunas tentativas de superación o programas de adaptación a la posibilidad de un futuro postcapitalista.

El llamado aceleracionismo de izquierdas, en contraposición al aceleracionismo landiano que no niega el proceso sino que lo amplifica, ha tomado presencia especialmente a partir de autores como Nick Srnicek y Alex Williams, especialmente mediante su conocido Manifiesto por una Política Aceleracionista. A diferencia de muchas de las posturas anteriores, Srnicek y Williams realmente entablan una línea de debate de gran interés al cambiar el rol de la izquierda tradicional y colgar las botas en aquellos aspectos que se sabe que en la actualidad han perdido el brillo que algún día tuvieron.

Por ejemplo, a diferencia de otras propuestas anteriores, Srnicek y Williams hacen ciertas concesiones al capitalismo y buscan partir de algunos de sus logros para tratar de buscar una línea de fuga, le reconocen al capitalismo haber logrado avances que se suponen indispensables4 y que servirán de impulso para el tan ansiado futuro postcapitalista. En palabras de los autores:

Los aceleracionistas quieren liberar las fuerzas productivas latentes. En este proyecto, la base material del neoliberalismo no necesita ser destruida, necesita ser redirigida hacia objetivos comunes. La infraestructura existente no es un escenario que deba ser demolido, sino una plataforma de lanzamiento hacia el postcapitalismo (Srnicek y Williams, 2017, pp. 40-41).

De este modo, el aceleracionismo que promueven Srnicek y Williams trata de dar una vuelta a la mera negación anticapitalista. En la búsqueda de un futuro no-capitalista aceptan la necesidad del capitalismo pero tratan de verlo como un período grotesco del que poder extraer aquello de interés y poder desecharlo en el momento que sea posible. Las aspiraciones aceleracionistas ven la redención en la tecnología, esta será el medio que en el futuro permitirá resolver los problemas asociados al sistema capitalista y mediante la cual se conseguirá trascenderlo.

Otros aspectos reseñables son que Srnicek y Williams defienden el cálculo económico5 y critican la centralización autoritaria, dos rasgos que les hace desmarcarse de los proyectos socialistas de antaño. A este respecto expresan lo siguiente:

Debemos establecer una autoridad vertical y colectivamente controlada junto con formas de socialización distribuidas y horizontales para evitar convertirnos en esclavos de un centralismo totalitario y tiránico o de un caprichoso orden emergente que escape a nuestro control. La autoridad del Plan debe ser reunida al orden improvisado de la Red (Srnicek y Williams, 2017, p. 44).

Hasta aquí, como hemos podido observar, el proyecto aceleracionista de Srnicek y Williams se revela no solo como renovador, sino también como crítico con distintos modelos y proyectos anteriores. Sin ir más lejos los autores dirán que “el sectarismo es la sentencia de muerte de la izquierda del mismo modo en que lo es la centralización, y en este sentido continuamos dando la bienvenida a la experimentación con diferentes tácticas (incluso aquellas con las que diferimos)” (Srnicek y Williams, 2017, p. 44).

Al fin y al cabo, la búsqueda de una válvula de escape al capitalismo hace que sus concesiones al capitalismo sean el medio para alcanzar el objetivo postcapitalista. Ahora bien, el aceleracionismo de Srnicek y Williams, a pesar de ser un programa fresco e interesante, cae en ciertos problemas irresolubles. Algunos de ellos señalados por Franco “Bifo” Berardi:

La hipótesis aceleracionista se funda en dos puntos centrales: el primero es la asunción de que acelerar los ciclos de producción hace al capitalismo inestable; el segundo es la afirmación de que las potencialidades contenidas en la forma capitalista están destinadas a desplegarse necesariamente. La experiencia de nuestro tiempo desmiente la primera asunción: el capitalismo resiste porque no necesita de un gobierno racional, solo de una gobernanza automática, y también porque no tiene un cuerpo deseante, ya que es un sistema abstracto de automatismos. (…) La segunda asunción subestima completamente los obstáculos y las limitaciones que dificultan y pervierten el proceso de subjetivación. La inmanencia de la forma liberadora (la inmanencia del comunismo si se quiere, o la inmanencia del despliegue autónomo del general intellect) implica la posibilidad de este despliegue, pero no implica su necesidad (Berardi, 2017, pp. 74-75).

Los puntos tratados por Berardi son ciertos, el capitalismo ha demostrado a lo largo de su historia un poder sin límites a la hora de capturar y reconfigurarse a sí mismo. Cualquier tipo de desliz o modificación en su sistema lejos de ser una amputación resulta ser una mutación, un cambio en aquello que ya no sirve y un despliegue a partir de sus nuevas formas.

Del mismo modo, el potencial de despliegue de las formas contenidas en el capitalismo no implica la necesidad de su despliegue. Llevaremos la crítica más lejos que Berardi: el despliegue de las formas y potencialidades del capitalismo resultan ser efectos de sí mismo, siendo él mismo el productor y potenciador de dichos efectos.

Siendo realistas, resulta difícil pensar en la necesidad de que el capitalismo se salga de la ecuación partiendo de que es el motor de los procesos de transformación que han dado lugar a los efectos que son buscados —aunque se busquen mediante él y luego se busque negarle a él—. A tenor de esta cuestión, el problema de la visión postcapitalista es que en el fondo desliza las pretensiones anticapitalistas y sublima el deseo postcapitalista a un futurible en el que será posible no necesitar el capitalismo.

El lema del postcapitalismo podría ser el siguiente: “Hoy no podemos, pero algún día se podrá”. No queremos que se nos malinterprete, no creemos que no vaya a haber un fin del capitalismo, una sociedad postcapitalista o una remodelación absoluta que cambie nuestra realidad social tal y como la conocemos. Es más, creemos que muy probablemente algún día habrá un “después de” el capitalismo. Necesariamente si hay un cambio radical en el sistema por motivos desconocidos el prefijo “post-” se realizará.

Sin embargo, el espejismo que supone imaginar ese escenario desatiende totalmente los problemas actuales y los objetivos que marcan la realidad social factible, porque el postcapitalismo a día de hoy es futurología. No querer asumir el realismo capitalista, implica necesariamente la antítesis: asumir un idealismo anti/post-capitalista.

Además también debemos considerar otras cuestiones importantes. Por un lado, el ingreso mínimo vital, tal como con razón defienden Srnicek y Williams, será una realidad necesaria en un mundo en el que el trabajo humano sea sustituido por el trabajo robotizado. Este escenario no solo es plausible, sino que será una realidad inevitable si revisamos las tendencias tecnológicas.

Ahora bien, encontramos un auténtico salto argumentativo en la creencia de que por el hecho de que se pudiera extinguir el trabajo humano, necesariamente, tenga que ponerse fin al capitalismo. Esto no es desarrollado por Srnicek y Williams y me temo que no porque no se puede adivinar el futuro de ese modo. No podemos presuponer que un escenario como el fin del trabajo humano lleve al fin del capitalismo, porque en ese caso presuponemos también el fin del capital y el de la propiedad privada.

Estos dos axiomas fundacionales del capitalismo verían rota su tercera pata: el trabajo asalariado, es decir, el trabajo realizado por humanos. Sin embargo, lejos de que se rompieran las dos primeras patas, la automatización y la amplificación de ganancia de capitales aumentarían la producción hasta niveles nunca antes vistos. A priori no hay ningún elemento que muestre que la propiedad privada y el capital desaparecerán mediante la automatización del trabajo.

Los desafíos estarán más bien enfocados en como se distribuirá el dinero y como se combatirán las desigualdades económicas pujantes, pero en lo referente a la propiedad privada y al ciclo de inversión de capital continuaría presente. El espectro de Marx y la expropiación de los medios de producción se puede atisbar en el fondo de la propuesta. Srnicek y Williams están suponiendo, de forma velada, un postcapitalismo sin propiedad privada, lo muestran cuando insinúan la “redirección” de las infraestructuras en favor de lo colectivo.

El problema principal de esto es que, del mismo modo que ocurrió en los experimentos socialistas anteriores, al eliminar la propiedad privada la organización social se tornaría burocrática, autoritaria, ineficiente y carente de innovación. Además, Srnicek y Williams se contradicen al abogar por el cálculo económico y la descentralización, ya que estas dos tecnologías sociales son fruto de la propiedad privada y del capitalismo.

Al eliminar la propiedad privada eliminamos la posibilidad espontánea de determinar los precios en función de la oferta y la demanda, y como efecto de esto también estamos eliminando la posibilidad de la descentralización. No podemos organizarnos descentralizadamente sin un sistema de precios que regule los cambios dados en la demanda y escasez de productos deseados. Esto nos llevaría, otra vez, a un escenario en el que una autoridad central controlaría cuánto, cómo, qué y dónde tiene que haber de cada cosa y, también, qué deben de hacer los individuos en cada momento. En relación a esta problemática Friedrich Hayek expone lo siguiente:

La planificación, en el sentido estricto de la palabra, en la controversia contemporánea implica una planificación central, la dirección de todo el sistema económico según un plan unificado. Por otro lado, la competición supone que la planificación quede descentralizada por muchas personas. (…) Determinar cual de estos sistemas es más eficaz dependerá, en esencia, del uso más completo que se haga de los conocimientos existentes. Esto, a su vez, depende de la probabilidad de que tengamos más éxito en poner a disposición de un única autoridad central todo el conocimiento que debería utilizarse pero que está en un principio disperso entre muchos individuos diferentes o en transmitir a los individuos el conocimiento adicional que necesitan para permitirles adaptar sus planes a los del resto (Hayek, 2022, p. 96).

El problema económico fundamental, que se encuentra en relación con el problema del cálculo económico, es que en una sociedad compleja los individuos tienen el conocimiento totalmente disperso en las mentes de cada uno de ellos. Sus aspiraciones, deseos, proyectos, gustos, ideas,… todos esos saberes están distribuidos en cada persona, y nadie mejor que ellos mismos sabe que es lo que desea y lo que conoce.

A no ser que hubiera un Gran Hermano orwelliano que mediante la tecnología del futuro supiese en cada momento cual va a ser la mejor decisión que cada uno de nosotros debe tomar, no podemos asignar los recursos, pronosticar la oferta en relación a la demanda y adivinar las preferencias de las personas sin entrar en ineficiencias sistémicas. Además de que tampoco creemos que fuera deseable un Urstaat que controlase cada milímetro de nuestras acciones y pensamientos gracias, o, por culpa de la tecnología.

El proyecto postcapitalista resulta inviable imaginarlo si no es tomado como síntoma de un proceso de autodestrucción creativa por parte de un estadio *hiper-*avanzado del capitalismo. Mientras tanto, cualquier tipo de ensoñación postcapitalista no deja de ser una reformulación o una reestructuración de un anticapitalismo velado ante la impotencia del recorrido que sigue la historia.

Debemos señalar que el postcapitalismo, si llega y cuando llegue, será siempre por una mutación de sus propias estructuras, y por tanto, como una evolución desgarrada e inmanente debida a su propia rearticulación, como si se tratase de una actualización final.

Aquellos que puedan creer que en nuestras palabras existe una presunta falacia naturalista al asignar al capitalismo una necesidad de permanencia recordamos que no estamos defendiendo en ningún momento algo así. Es más, que el capitalismo sea de esta manera, no significa que deba ser de esta. Al contrario, se transformará. Pero también a quien diga que el capitalismo sea, no significa que deba ser. También le decimos que es cierto, el capitalismo no es ni será el fin de la historia siempre que exista el cambio, y no podemos asegurar a priori la necesidad de que el motor del cambio histórico sea siempre dado por este sistema.

Ahora bien, lo que sí podemos asegurar es lo que podemos denominar la falacia voluntarista: “Que una cosa pueda no ser así implica que entonces deberá poder ser del modo que decidamos”. Es decir, no podemos modificar a nuestro antojo la realidad por tener meramente el deseo postcapitalista. La realidad la podremos modificar en función de las determinaciones que podamos asumir en el transcurso de las contingencias y necesidades que nos envuelven, y en función de los deseos e incentivos que nos determinan.

Por este motivo, llevar el realismo capitalista a su máxima expresión es asumirlo no como destino, pero sí como necesidad histórica en el actual estadio en el que nos encontramos como especie. Solo mediante esta asunción y compromiso podremos afirmar la función y necesidad del capitalismo numérico.

Bibliografía

  • Berardi, F. (2017). El aceleracionismo cuestionado desde el punto de vista del cuerpo. En A. Avanessian & M. Reis (Comps.), Aceleracionismo: Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (pp. 69–76). Caja Negra.

  • Deleuze, G., & Guattari, F. (2010). El anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia (F. Monge, Trad.). Paidós.

  • Fisher, M. (2018). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Iglesias, Trad.). Caja Negra.

  • Hayek, F. A. (2022). Individualismo y orden económico. Editorial Innisfree.

  • Jameson, F. (1991). El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Paidós.

  • Jameson, F. (1999). El giro cultural: Escritos seleccionados sobre el posmodernismo 1983–1998 (H. Pons, Trad.). Manantial.

  • Jameson, F. (2016). Teoría de la postmodernidad (C. Montolío Nicholson & R. del Castillo, Trads.). Trotta.

  • Land, N. (2019). Fanged Noumena (R. Sanchiz, Trad.; Vol. 1). Holobionte Ediciones.

  • Williams, A., & Srnicek, N. (2017). Manifiesto por una política aceleracionista. En A. Avanessian & M. Reis (Comps.), Aceleracionismo: Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (pp. 33–48). Caja Negra.

Footnotes

  1. Cabe señalar que tanto capitalismo tardío como capitalismo avanzado se emplean indistintamente, dependiendo de la traducción.

  2. Como mencionamos anteriormente, el capitalismo muchas veces no termina de erradicar totalmente estadios anteriores, tan solo los modifica y los transforma depurando y actualizando formas pasadas a formas nuevas o eliminando axiomas para sustituirlos por otros. Por eso hablar de posmodernidad a día de hoy no es un anacronismo, en todo caso sería una inexactitud o una generalidad.

  3. “Si el capitalismo es el límite exterior de toda sociedad, es porque para su provecho no tiene límite exterior, sino sólo un límite interior que es el capital mismo, al que no encuentra, pero reproduce desplazándolo siempre” (Deleuze y Guattari, 2010, p. 238).

  4. “Una política aceleracionista busca preservar las conquistas del capitalismo tardío al tiempo que va más allá de lo que su sistema de valores, sus estructuras de control y sus patologías de masa permiten” (Srnicek y Williams, 2017, p. 39).

  5. “Declaramos que la cuantificación no es un mal que deba ser eliminado, sino una herramienta que ha de ser utilizada de la forma más eficaz posible. La modelación económica es, en palabras simples, una necesidad para hacer inteligible un mundo complejo” (Srnicek y Williams, 2017, p. 42).