CRÍTICA ACELERADA

EXPEDIENTE 004

ARCHIVO ABIERTO

Claves para una ontología económico-trascendental del capitalismo

Por una compresión realista del cambio constante

CRÍTICA ACELERADALABORATORIO DE ESTUDIOS CRÍTICOSIDIOMA: ES

Dossier del Nodo de co-agenciamiento

Diego Giménez Vila es doctorando en Filosofía por la Universidad de Valencia, España. Es creador del canal de YouTube Indagando, un espacio en el que comparte análisis, reflexiones y comentarios sobre las lecturas que acompañan su proceso de formación e investigación. Su trabajo se caracteriza por una defensa del eclecticismo y la libertad de pensamiento, entendidos como herramientas fundamentales frente al dogmatismo y como vías para una búsqueda abierta de sentido.


Nota del autor

El siguiente texto se inscribe en un enfoque y metodología interdisciplinar que pretendo desarrollar más detalladamente en mi investigación de tesis doctoral. Un proyecto que se enmarca en diferentes campos de investigación, especialmente en ontología, economía, cibernética, sociología y filosofía de la tecnología como ejes centrales para elaborar una perspectiva renovadora que trate de reflexionar acerca del sistema socioeconómico en el que nos encontramos.

1. INTRODUCCIÓN: EL LABERINTO DE LA INMANENCIA CAPITALISTA

El presente texto nace de la necesidad de confrontar la desorientación estructural que nos impone la naturaleza del sistema en el que habitamos. A menudo, las críticas de izquierda se encuentran atrapadas en lo que Nick Land denomina “miserabilismo trascendental”, una postura que ignora la capacidad adaptativa y axiomática del capital, prefiriendo refugiarse en las ilusiones revolucionarias que han perdido su correlación con la realidad material del siglo XXI.

El objetivo de este análisis es proponer una ontología económico-trascendental que sirva de antídoto contra el idealismo tanto anticapitalista como postcapitalista. Partimos de la tesis de que el capitalismo no es una estructura externa que nos amenaza desde fuera, sino un proceso inmanente cuyas crisis y desafíos son, en realidad, mecanismos de su propia actualización.

Lejos de ser un sistema estático, el capitalismo funciona como una máquina abstracta que se identifica irreductiblemente con su propia autosuperación. En este sentido, buscamos problematizar la tensión entre el aceleracionismo landiano —que ve en el capital un límite interior que se desplaza constantemente— y las propuestas del aceleracionismo de izquierdas, como las de Srnicek y Williams, que buscan redirigir la infraestructura tecnológica hacia un horizonte postcapitalista.

A lo largo de las siguientes páginas, cuestionaremos la viabilidad de los programas que prometen un “después” del capitalismo basándose en la eliminación de la propiedad privada o en la planificación centralizada. A través de un diálogo crítico con autores como Deleuze, Guattari, Land y Hayek, se argumentará que muchas de estas visiones incurren en una “falacia voluntarista”: la creencia de que el deseo de un mundo mejor es suficiente para modificar las determinaciones económicas fundamentales que dirigen nuestra realidad.

Finalmente, la propuesta se aleja de la apología moral o la condena ética para situarse en un terreno ontológico que sea capaz de superar la dicotomía de izquierda-derecha que pretende aproximarse al fenómeno desde la ideología más que por el puro entendimiento. Para ello remarcaremos los puntos en común que pueden dar lugar a una iniciativa que reconozca los aspectos positivos de la izquierda y la derecha para tratar de buscar un método más holístico.

No se busca una “solución” al capitalismo, pues tal pretensión revelaría una ignorancia sobre su esencia, sino comprender cómo su dinámica de desterritorialización redefine constantemente lo que entendemos por realidad social. En última instancia, se trata de una mirada que busca comprender el fenómeno no como un destino inevitable, sino como la necesidad histórica de nuestro presente.

2. ANTICAPITALISMO Y POSTCAPITALISMO: ESPEJISMOS DE DESEO

Cuando Jameson y Žižek aseveraron la potente frase de “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” (Fisher, 2018, p. 2), subliminalmente se nos muestra que cualquier tipo de catástrofe ecológica o sociopolítica en última instancia es un problema inmanente al capitalismo, no trascendente. Lejos de parecer que la naturaleza nos amenaza desde un afuera, es el afuera el que es anhelado por las diferentes posturas anticapitalistas y postcapitalistas.

La realidad es que estos problemas son problemas del capitalismo, internos a sus procesos, producidos por sus dinámicas y en última instancia desafíos que se establecen en el interior de sus lindes.1 De modo que lejos de amenazar la realidad material, amenazan la realidad capitalista, por estos motivos los mecanismos internos del sistema pondrán sus diferentes dispositivos de actuación para resolver a través de medidas y cambios aquello que había sido implementado en el pasado pero que ahora se torna obsoleto.

El mayor problema de las críticas de izquierda en los últimos años es que su nostalgia revolucionaria no les ha permitido adaptarse a los cambios y actualizaciones que mencionamos. La nueva estructuración de la axiomática interna es mucho más poderosa y adaptativa que las pretensiones revolucionarias que generación tras generación se reavivan; el “fantasma del comunismo” que nos recordaba Jacques Derrida.

Esto no quiere decir que Karl Marx sea necesariamente caduco, sino que la crítica marxista debe ser tamizada, ya que la realidad social desde Marx hasta entonces ha mutado radicalmente e incluso se han demostrado falsas diferentes premisas que durante mucho tiempo se creyeron dogmáticamente. Ideas como la teoría de la explotación —sustentada en la errónea teoría objetiva del valor de Adam Smith y David Ricardo— o la predestinación del comunismo han hecho más daño que bien, ya que a día de hoy algunos siguen tomándolas como ciertas por una falacia de autoridad más que por un examen crítico de los supuestos que las sostienen.

Es a estos efectos que Nick Land no solo establece una crítica tan dura como certera, sino que en su postura de enfant terrible, mediante su capacidad disruptiva y su promiscuidad ideológica, es capaz de asquear tanto a la derecha como a la izquierda. La incomodidad de su pensamiento debe ser visto al trasluz de la dificultad de ganarse el respeto de la izquierda en un mundo cada vez más sociopolíticamente polarizado.

Al fin y al cabo, Land es el guilty pleasure de la izquierda porque aquel que es honesto con el alcance programático de sus ideas debe revisar aquellos axiomas repletos de polvo que en la actualidad han perdido fuelle, ideas que siguen siendo potentes en su lectura pero que, en la actualidad, su correlación con la realidad se queda a la altura de la superstición.

Es por ello que el aceleracionismo landiano refleja una crítica que por fuerza hace tambalear el credo socioeconómico de izquierdas, una invitación a reflexionar sus fundamentos y un pistoletazo de salida a repensar los ensamblajes que sostienen las ideas del progresismo.

En el breve texto Crítica del miserabilismo trascendental, Land afila una de las críticas más incómodas a tenor de lo comentado. En primer lugar, Land recuerda que el anticapitalismo está muerto, o que por lo menos las pretensiones que el anticapitalismo tiene no son más que una ensoñación extinta, un manojo de pretensiones revolucionarias que en la actualidad no son más que narrativas imaginarias que pretenden, una vez más, tomar el control de la realidad por medio de su fijación en la posibilidad de provocar el cambio.

El problema de esto no es la intención presupuesta de la búsqueda de un mundo mejor, sino la ignorancia de la dinámica interna del sistema capitalista y la rígida creencia en que la negación de la única alternativa viable va a ser tanto mejor en la práctica como más deseable en sus efectos. El anticapitalismo más que una aspiración se revelaría como una patología de negación ante la no aceptación de ciertas dinámicas que se tornan necesarias. No es que sean necesarias porque sean definitivas, sino que son necesarias porque se permanece en la dirección del capitalismo.

Dice Land a este respecto:

Probablemente nunca dejará de haber un anticapitalismo de moda, pero todas sus versiones pasarán tarde o temprano, y el capitalismo identificándose cada vez más estrechamente con su propia autosuperación, será siempre la novedad última. Los “medios” y las “relaciones” de producción se han emulsionado en redes competitivas descentralizadas bajo un control numérico, volviendo claramente inimaginables las esperanzas paleomarxistas de extraer un futuro poscapitalista de la máquina capitalista. Las máquinas se han sofisticado a sí mismas más allá de la posibilidad de una utilidad socialista, y en el proceso han encarnado la mecánica del mercado en sus intersticios nanoensamblados, evolucionando mediante algoritmos cuasidarwinianos que construyen hipercompetencia dentro de “la infraestructura”. No es apenas la sociedad, ya, sino el tiempo mismo, lo que ha tomado “el camino del capitalismo” (Land, 2019a, p. 273).

La cuestión que señala Land, es que el camino cada vez está más sedimentado y la dirección está tomada. Lejos de salirse de los raíles, el tren del capitalismo cada vez se muestra más firme y encauzado. No hablamos de que esta vaya a ser la última de las direcciones tomadas en el futuro de la especie, pero sí es la única que a medio y largo plazo continuará cuando uno observa el horizonte de posibilidades.

Por su parte, el anticapitalismo virtualmente como sistema de creencias siempre continuará. En el mejor de los casos con perspectivas novedosas y sagaces. Sin embargo, cabe recordar que estas operan siempre como una sombra, como la negación de la tesis, como la antítesis del capitalismo. Si existe A, debe existir no-A. Si existe el capitalismo debe existir la negación del mismo.

Ahora bien, hay un gran salto entre creer en la necesidad de la negación de A —como necesidad lógica— a creer que un desenlace revolucionario o sintético ocurrirá para destronar a A. Este pensamiento implica no reconocer, consciente o inconscientemente, en qué consiste realmente el capitalismo. Reservaremos para el próximo apartado las debidas explicaciones.

Dicho lo anterior, queda patente que desde el concepto de nacimiento del aceleracionismo a partir de Land, el anticapitalismo difícilmente ha conseguido exponer un programa que sea realmente realista a la hora de adoptar un plan que nos lleve a un camino distinto.

No obstante, otros pensadores en los últimos años han desarrollado algunas tentativas de superación o programas de adaptación a la posibilidad de un futuro postcapitalista. El llamado aceleracionismo de izquierdas, en contraposición al aceleracionismo landiano que no niega el proceso sino que lo amplifica, ha tomado presencia especialmente a partir de autores como Nick Srnicek y Alex Williams, especialmente mediante su conocido Manifiesto por una Política Aceleracionista.

A diferencia de muchas de las posturas anteriores, Srnicek y Williams realmente entablan una línea de debate de gran interés al cambiar el rol de la izquierda tradicional y establecer nuevas perspectivas. Por ejemplo, a diferencia de otras propuestas anteriores, Srnicek y Williams hacen ciertas concesiones al capitalismo y buscan partir de algunos de sus logros para tratar de buscar una línea de fuga, le reconocen al capitalismo haber logrado avances que se suponen indispensables2 y que servirán de impulso para el tan ansiado futuro postcapitalista.

En palabras de los autores:

Los aceleracionistas quieren liberar las fuerzas productivas latentes. En este proyecto, la base material del neoliberalismo no necesita ser destruida, necesita ser redirigida hacia objetivos comunes. La infraestructura existente no es un escenario que deba ser demolido, sino una plataforma de lanzamiento hacia el postcapitalismo (Srnicek y Williams, 2017, pp. 40-41).

De este modo, el aceleracionismo que promueven Srnicek y Williams trata de dar una vuelta a la mera negación anticapitalista. En la búsqueda de un futuro no-capitalista aceptan la necesidad del capitalismo pero tratan de verlo como un período del que poder extraer aquello de interés y poder desecharlo en el momento que sea posible.

Las aspiraciones aceleracionistas ven la redención en la tecnología, esta será el medio que en el futuro permitirá resolver los problemas asociados al sistema capitalista y mediante la cual se conseguirá trascenderlo.

Otros aspectos reseñables son que Srnicek y Williams defienden el cálculo económico3 y critican la centralización autoritaria, dos rasgos que les hace desmarcarse de los proyectos socialistas de antaño. A este respecto expresan lo siguiente:

Debemos establecer una autoridad vertical y colectivamente controlada junto con formas de socialización distribuidas y horizontales para evitar convertirnos en esclavos de un centralismo totalitario y tiránico o de un caprichoso orden emergente que escape a nuestro control. La autoridad del Plan debe ser reunida al orden improvisado de la Red (Srnicek y Williams, 2017, p. 44).

Como podemos observar, el proyecto aceleracionista de Srnicek y Williams se revela no solo como renovador, sino también como crítico con distintos modelos y proyectos anteriores. Los autores dirán que “el sectarismo es la sentencia de muerte de la izquierda del mismo modo en que lo es la centralización, y en este sentido continuamos dando la bienvenida a la experimentación con diferentes tácticas (incluso aquellas con las que diferimos)” (Srnicek y Williams, 2017, p. 44).

Al fin y al cabo, la búsqueda de una válvula de escape al capitalismo hace que sus concesiones al capitalismo sean el medio para alcanzar el objetivo postcapitalista. Ahora bien, el aceleracionismo de Srnicek y Williams, a pesar de ser un programa fresco e interesante, cae en ciertos problemas irresolubles. Algunos de ellos señalados por Franco “Bifo” Berardi:

La hipótesis aceleracionista se funda en dos puntos centrales: el primero es la asunción de que acelerar los ciclos de producción hace al capitalismo inestable; el segundo es la afirmación de que las potencialidades contenidas en la forma capitalista están destinadas a desplegarse necesariamente. La experiencia de nuestro tiempo desmiente la primera asunción: el capitalismo resiste porque no necesita de un gobierno racional, solo de una gobernanza automática, y también porque no tiene un cuerpo deseante, ya que es un sistema abstracto de automatismos. (…) La segunda asunción subestima completamente los obstáculos y las limitaciones que dificultan y pervierten el proceso de subjetivación. La inmanencia de la forma liberadora (la inmanencia del comunismo si se quiere, o la inmanencia del despliegue autónomo del general intellect) implica la posibilidad de este despliegue, pero no implica su necesidad (Berardi, 2017, pp. 74-75).

Los puntos tratados por Berardi son ciertos, el capitalismo ha demostrado históricamente un poder sin límites a la hora de capturar y reconfigurarse a sí mismo. Cualquier tipo de modificación en su sistema lejos de ser una amputación resulta ser una mutación, un cambio en aquello que ya no sirve y un despliegue en nuevas formas.

Del mismo modo, el potencial de despliegue de las formas contenidas en el capitalismo no implica la necesidad de su despliegue. Llevaremos la crítica más lejos que Berardi: el despliegue de las formas y potencialidades del capitalismo resultan ser efectos de sí mismo, siendo él mismo el productor y potenciador de dichos efectos.

Resulta difícil pensar en la necesidad de que el capitalismo se salga de la ecuación partiendo de que es el motor de los procesos de transformación que han dado lugar a los efectos que son buscados —aunque se busquen mediante él y luego se busque negarle a él—.

El problema de la visión postcapitalista es que en el fondo desliza las pretensiones anticapitalistas y sublima el deseo postcapitalista a un futurible en el que será posible no necesitar el capitalismo. El lema del postcapitalismo podría ser el siguiente: “Hoy no podemos, pero algún día se podrá”.

No queremos que se nos malinterprete, creemos que muy probablemente algún día habrá un “después de” el capitalismo. Necesariamente si hay un cambio radical en el sistema por motivos desconocidos el prefijo post- se realizará. Sin embargo, el espejismo que supone imaginar ese escenario desatiende totalmente los problemas actuales y los objetivos que marcan la realidad social factible, el postcapitalismo a día de hoy es futurología.

No querer asumir el realismo capitalista, implica necesariamente la antítesis: asumir un idealismo anti/post-capitalista.

Por otro lado, debemos considerar que el ingreso mínimo vital, tal como razonablemente defienden Srnicek y Williams, será una realidad necesaria en un mundo en el que el trabajo humano sea sustituido por el trabajo robotizado. Este escenario no solo es plausible, sino que será una realidad inevitable si revisamos las tendencias tecnológicas.

Ahora bien, encontramos un auténtico salto argumentativo en la creencia de que por el hecho de que se pudiera extinguir el trabajo humano, necesariamente, tenga que ponerse fin al capitalismo. No podemos presuponer que un escenario como el fin del trabajo humano lleve al fin del capitalismo, porque en ese caso presuponemos también el fin del capital y el de la propiedad privada.

Estos dos axiomas fundacionales del capitalismo verían rota su tercera pata: el trabajo asalariado, es decir, el trabajo realizado por humanos. Sin embargo, lejos de que se rompieran las dos primeras patas, la automatización y la amplificación de ganancia de capitales aumentarían la producción hasta niveles nunca antes vistos.

A priori no hay ningún elemento que muestre que la propiedad privada y el capital desaparecerán mediante la automatización del trabajo. Los desafíos estarán más bien enfocados en cómo se distribuirá la riqueza y cómo se combatirán las desigualdades económicas, pero tanto la propiedad privada como el ciclo de inversión de capital continuaría presente.

De forma velada se está suponiendo un postcapitalismo sin propiedad privada, lo muestran cuando insinúan la “redirección” de las infraestructuras en favor de lo colectivo. El problema principal de esto es que, del mismo modo que ocurrió en los experimentos socialistas anteriores, al eliminar la propiedad privada la organización social se tornaría burocrática, autoritaria, ineficiente y carente de innovación.

Además, Srnicek y Williams se contradicen al abogar por el cálculo económico y la descentralización, ya que ambas tecnologías sociales son el resultado de la propiedad privada y del capitalismo. Al eliminar la propiedad privada eliminamos la posibilidad espontánea de determinar los precios en función de la oferta y la demanda, y como efecto de esto también estamos eliminando la posibilidad de la descentralización.

No podemos organizarnos descentralizadamente sin un sistema de precios que regule los cambios dados en la demanda y escasez de productos deseados. Esto nos llevaría, otra vez, a un escenario en el que una autoridad central controlaría cuánto, cómo, qué y dónde tiene que haber de cada cosa y, también, qué deben de hacer los individuos en cada momento.

En relación a esta problemática Friedrich Hayek expone lo siguiente:

La planificación, en el sentido estricto de la palabra, en la controversia contemporánea implica una planificación central, la dirección de todo el sistema económico según un plan unificado. Por otro lado, la competición supone que la planificación quede descentralizada por muchas personas. (…) Determinar cuál de estos sistemas es más eficaz dependerá, en esencia, del uso más completo que se haga de los conocimientos existentes. Esto, a su vez, depende de la probabilidad de que tengamos más éxito en poner a disposición de una única autoridad central todo el conocimiento que debería utilizarse pero que está en un principio disperso entre muchos individuos diferentes o en transmitir a los individuos el conocimiento adicional que necesitan para permitirles adaptar sus planes a los del resto (Hayek, 2022, p. 96).

El problema económico fundamental, que se encuentra en relación con el problema del cálculo económico, es que en una sociedad compleja los individuos tienen el conocimiento totalmente disperso en las mentes de cada uno de ellos. Sus aspiraciones, deseos, proyectos, gustos, ideas… todos esos saberes están distribuidos en cada persona, y nadie mejor que ellos mismos sabe qué es lo que desea y lo que conoce.

A no ser que hubiera un Gran Hermano orwelliano que mediante la tecnología del futuro supiese en cada momento cuál va a ser la mejor decisión que cada uno de nosotros debe tomar, no podemos asignar los recursos, pronosticar la oferta en relación a la demanda y adivinar las preferencias de las personas sin entrar en ineficiencias sistémicas.

Además de que tampoco creemos que fuera deseable un Estado que controlase cada milímetro de nuestras acciones y pensamientos gracias, o, por culpa de la tecnología.

El proyecto postcapitalista resulta inviable imaginarlo si no es tomado como síntoma de un proceso de autodestrucción creativa por parte de un estadio *hiper-*avanzado del capitalismo. Mientras tanto, cualquier tipo de ensoñación postcapitalista no deja de ser una reformulación o una reestructuración de un anticapitalismo velado ante la impotencia del recorrido que sigue la historia.

Debemos señalar que el postcapitalismo, si llega y cuando llegue, será siempre por una mutación de sus propias estructuras, y por tanto, como una evolución desgarrada e inmanente debida a su propia rearticulación, como si se tratase de una actualización final.

Aquellos que puedan creer que en nuestras palabras existe una presunta falacia naturalista al asignar al capitalismo una necesidad de permanencia recordamos que no estamos defendiendo en ningún momento algo así. Es más, que el capitalismo sea de esta manera, no significa que deba ser de esta. Al contrario, se transformará.

Pero también a quien diga que el capitalismo sea, no significa que deba ser. También le decimos que es cierto, el capitalismo no es ni será el fin de la historia siempre que exista el cambio, y no podemos asegurar a priori la necesidad de que el motor del cambio histórico sea siempre dado por este sistema.

Ahora bien, lo que sí podemos asegurar es lo que podemos denominar la falacia voluntarista:

“Que una cosa pueda no ser así implica que entonces deberá poder ser del modo que decidamos”.

Es decir, no podemos modificar a nuestro antojo la realidad por tener meramente el deseo postcapitalista. La realidad la podremos modificar en función de las determinaciones que podamos asumir en el transcurso de las contingencias y necesidades que nos envuelven, y en función de los deseos e incentivos que nos determinan.

Por este motivo, llevar el realismo capitalista a su máxima expresión es asumirlo no como destino, pero sí como necesidad histórica en el actual estadio en el que nos encontramos como especie.

3. ENFOQUE ONTOLÓGICO-ECONÓMICO PARA ANALIZAR EL REALISMO CAPITALISTA

Llegados a este punto, hemos apuntado a la problemática que tratamos de mostrar. Sin embargo, todavía no hemos reparado profundamente en el núcleo de la cuestión, ya que hasta el momento nos hemos centrado en hacer una crítica de las presuntas “soluciones” que envuelven nuestro contexto histórico.

Podría parecer que durante este momento nuestro enfoque político es ambiguo. Para que salgamos de dudas, sí, lo es. Pero porque nuestro mayor interés al hacer este análisis no es encajarnos en un ala del espectro político, ni tampoco buscar una solución al capitalismo. Es más, eso sería contradictorio con respecto a las tesis que estamos mostrando, ya que revelaría una vez más la ignorancia acerca de la naturaleza del capitalismo.

Tampoco pretendemos presentar un programa político ni moral acerca del capitalismo, nuestro enfoque pretende ser empírico y trascendental. Creemos que el capitalismo, en su multiplicidad y diversidad de enfoques, adolece de no ser tratado suficientemente a partir de una perspectiva ontológica. Muchas veces, ya sea por intereses políticos o económicos, el capitalismo es tratado a partir de una crítica descarnada o una apología económica. Nosotros no queremos formar parte de eso.

Que de nuestro enfoque puedan deducirse consecuencias políticas no implica que nuestro análisis pretenda ser político o moral. Eso lo dejamos a merced de cada uno, que haga lo que desee con nuestra propuesta y las ideas que trasladamos.

Realmente aquello que nos mueve a comprender el capitalismo es la fascinación inevitable que desprende su funcionamiento.4 Una máquina abstracta de automatismos que funciona inquietantemente bien,5 un proceso que parece ir más allá de nuestro control pero que a su vez depende de nuestras dinámicas individuales para sostenerse día tras día.

En realidad, la urgencia de nuestra propuesta proviene de dos frentes:

  1. La miopía de las perspectivas de izquierda en relación al aspecto económico del capitalismo y su tendencia a la crítica acrítica del alcance y funcionamiento del sistema.6
  2. El reduccionismo economicista o la ausencia y desinterés por parte de las perspectivas liberales —es decir, perspectivas de derecha económica— con respecto a la ontología en relación al capitalismo.7

Es decir, el matrimonio imposible entre la izquierda y la derecha lo vemos posible siempre que sepan respetarse mutuamente, hay concesiones que deben hacerse para poder comprender el capitalismo más allá de sus sesgos.

Por un lado, la izquierda debe comprender que el capitalismo es ante todo un sistema económico, aunque su despliegue afecte a otros regímenes. Esto resulta relevante decirlo porque muchos de los críticos del capitalismo siguen anclados en la economía marxista con el fin de justificar su repugnancia hacia el capitalismo.

Cualquier propuesta que trate de comprender el capitalismo, debe revisar su repulsión a la economía y no verla como algo meramente crematístico, porque la realidad es que lejos de esos prejuicios la economía implica muchas más cosas que “el dinero por el dinero”.

Por el otro lado, la derecha económica, absorta en su desinterés hacia los movimientos sociales o movida por la inercia sistémica de no plantearse más allá de interpretar la realidad económica, olvida y desatiende que el capitalismo no es meramente gestión y asignación de recursos escasos.

El capitalismo, y la economía, implican a los seres humanos y sus acciones en todo momento. De modo que obviar o desatender la faceta ontológica relativa al modo de ser y de actuar del capitalismo es eliminar el sentido de aquello que rebasa e implica a la teoría económica.

En realidad, se asume acríticamente que la economía se cierra sobre sí misma y termina, cuando justamente el problema ontológico fundamental del capitalismo es que donde termina la economía empieza la ontología y viceversa.

Steven Shaviro, con similitud a lo que decimos, expresa lo siguiente:

La política, la ética, la epistemología e incluso la ontología, todas están sujetas a una ‘determinación en última instancia’ por las fuerzas y relaciones de producción. O mejor, si la ontología no está del todo así determinada, es precisamente en la medida en que la ontología es ella misma fundamentalmente estética” (Shaviro, 2017, p. 167).

Matizando a Shaviro, la ontología no está sujeta a las fuerzas y relaciones de producción, sino que las fuerzas y relaciones de producción están sujetas a la ontología. La ontología precede a la economía y la economía es originalmente ontológica.

De este modo, creemos que para comprender de un modo exitoso y omnicomprensivo nuestra realidad social, debemos tratarla desde el prisma ontológico-económico que le compete. Es por ello que nuestra propuesta asume en su seno la ontología en pos de la comprensión del capitalismo, y no la ideología política o el moralismo como el presupuesto analítico para aproximarnos a dicho fenómeno complejo.

Una de las citas y reflexiones más relevantes que nos invitan a pensar el modo que consideramos correcto de analizar el capitalismo, es justamente no comprendiéndolo cómo “El Capitalismo”.

En palabras de Deleuze y Guattari, “el capitalismo universal y en sí no existe, el capitalismo está en la encrucijada de todo tipo de formaciones, siempre es por naturaleza, neocapitalismo” (Deleuze y Guattari, 2020, p. 30).

Por definición, el capitalismo siempre es neocapitalismo, siempre es modificado y actualizado. El cambio le pertenece, y su modo de ser se realiza en el cambio constante, es un sistema puramente dinámico, no estático.

Cada versión del capitalismo implica un modo distinto de coordinar los agenciamientos que lo sostienen. Hay tantos capitalismos potenciales como modos de ser y expresiones factibles. Es por eso que el capitalismo se adapta a cualquier cultura que se aplique, es un marco del que depende tan solo de la activación de ciertos axiomas para su funcionamiento.

Principalmente, y de un modo general, si se dan la propiedad privada, el capital, el trabajo y las instituciones que permitan sostener ciertas garantías dentro de la legalidad, entonces se cumplen las condiciones necesarias de toda sociedad capitalista. Sin embargo, no se limitan solo a estas.

Constantes modificaciones, ampliaciones y reformulaciones de proposiciones y axiomas posibilitan, por fuerza, múltiples variaciones que renuevan y expanden sus características, integrando además particularidades adicionales dentro de un marco capitalista global que las conecta a todas.

El capitalismo debe entenderse a partir de su pura inmanencia. A diferencia de otros sistemas, opera por medio de una inmanencia que captura todos aquellos flujos que recorren su interior. Nunca se había visto un sistema tan totalizador a la hora de organizar, crear y distribuir flujos.

Sus tentáculos son capaces de alcanzar las partes más insospechadas del planeta, como una mancha de aceite se expande en toda cultura humana. La globalización es una interrelación de flujos capitalistas, es un estadio donde el avance del capitalismo sobre la faz de la tierra ha expandido tanto sus límites nacionales que se replica y reestructura en otros países tejiendo un único mercado supranacional.

En el fondo, la inmanencia del capitalismo deviene a partir de la inmanencia del mercado. Mediante la tecnología los flujos cibernéticos y los flujos de transporte dan acceso e interconectan compradores y vendedores de una forma exponencial nunca antes vista.

Las corporaciones se convierten para los ciudadanos en tradiciones extranjeras que son naturalizadas como locales, la homogeneización cultural se despliega como efecto de la inmanencia del capitalismo a través de la transmisión de industrias y consumo de bienes no autóctonos.

Si tanto Deleuze y Guattari como Land fueron visionarios a la hora de analizar el capitalismo es porque lo comprenden como un proceso maquínico, como un sustrato que crece y que en su exuberancia es capaz de transformar la realidad hasta niveles inimaginados.

El punto del análisis ontológico radica en el análisis de los procesos internos de esta maquinaria, de los engranajes dinámicos que la hacen moverse más allá de los entes concretos de los que trata.

Como Deleuze y Guattari señalaban, el capitalismo es principalmente un sistema que se rige a través de flujos descodificados, de movimientos de desterritorialización y reterritorialización y, por tanto, por la producción de una plusvalía de flujo en la reproducción ilimitada de flujos indeterminados a priori.

No importa qué flujo es el que ha creado o ha destruido, no importa en el fondo el cuál, sino importa el cómo lo hace y de qué manera reinventa sus dinámicas trasladando nuevos circuitos y reestructuraciones de su axiomática.

Antes hablamos de cuatro axiomas fundamentales —propiedad privada, capital, trabajo y mínimos institucionales—, sin embargo, estos axiomas no son lo mismo que la axiomática.

La axiomática implica más bien la capacidad sistémica de crear nuevos algoritmos de funcionamiento que, sin importar las órdenes particulares que lo sustenten, sean capaces de expandir nuevos vectores conservando el núcleo duro del capitalismo pero, por otro lado, renovando radicalmente el sistema al crear y destruir procesos, o, desterritorializar y territorializar nuevas formas.

Expresan irónicamente Deleuze y Guattari:

¡Cuánta flexibilidad en la axiomática del capitalismo, siempre preparado para ensanchar sus propios límites para añadir un axioma a un sistema anteriormente saturado! Usted quiere un axioma para los asalariados, la clase obrera y los sindicatos, veamos pues, y en lo sucesivo la ganancia manará al lado del salario, uno al lado del otro, reflujo y aflujo. Incluso se encontrará un axioma para el lenguaje de los delfines (Deleuze y Guattari, 2010, pp. 383-384).

La cuestión fundamental acerca de los procesos internos del capitalismo radica en los tres aspectos que mencionamos: inmanencia, capacidad de descodificación y desterritorialización —con sus respectivas recodificaciones y reterritorializaciones— y axiomática.

Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, el poder esencial del capitalismo no se define por el poder del dinero, tampoco por el poder tecnológico, ni tampoco por el poder político que el Estado captura a través de su propio aparato.

En realidad, el poder del capitalismo como sistema radica en su flexibilidad.

Es como la cuestión que Heidegger plantea en La pregunta por la técnica.8 Si reflexionamos el capitalismo instrumentalmente el capitalismo se revela como un sistema de creación de riqueza sin parangón. Si reflexionamos sobre su esencia se nos revela que, a partir de sus procesos, su maquinaria posibilita una capacidad de desocultamiento también sin parangón.

Dice Heidegger que la esencia de la técnica es el desocultamiento, en tanto que el desocultamiento implica propiamente el producir.9 En correlación al capitalismo, la flexibilidad sistémica es lo que permite la producción absoluta. Producción tecnocientífica, económica, social, política y cultural.

No es que el capitalismo produzca por sí mismo todo ello, sino que permite establecer las herramientas desterritorializantes que desinhiben la formación de estructuras rígidas, de modo que todo está potencialmente en revisión.

Todo excepto el capitalismo, evidentemente, pero porque este actúa como un marco metanormativo. El terreno de juego está establecido, las reglas permiten modificarse intertemporalmente y el juego varía en su forma y contenido periódicamente.

A mi juicio, si el concepto de “realismo capitalista” de Mark Fisher se ha erigido hasta la fecha como el mejor modo de comprender la realidad del capitalismo, es porque su modo de hacerlo implica un desenlace crudo y ontológico.

El realismo es debido no a que la realidad sea dada por unos hechos objetivos e inmutables, sino que la realidad se adapta a los cambios mutables del capitalismo.

En definitiva, es el capitalismo el que dirige lo Real a través de su mediación con un entorno siempre fluctuante.

4. CONCLUSIÓN: POR UNA COMPRENSIÓN REALISTA DEL CAMBIO CONSTANTE

Tras el análisis recorrido, queda de manifiesto que el capitalismo no puede ser comprendido como una entidad monolítica o estática, sino como un proceso de mutación inmanente que se alimenta de sus propias contradicciones.

La revisión de las posturas aceleracionistas y las críticas al idealismo postcapitalista nos conducen a una conclusión fundamental: cualquier intento de superar el sistema que no pase por una comprensión profunda de su ontología económica está condenado a convertirse en una narrativa imaginaria o en una patología de negación.

El postcapitalismo, tal como se presenta en muchos programas contemporáneos, se revela a menudo como una promesa que desatiende los problemas técnicos y económicos reales, como el cálculo económico y la función social de la propiedad privada.

Como se ha argumentado, el fin del trabajo humano mediante la automatización no implica necesariamente el fin del capital; por el contrario, la desaparición del trabajo asalariado podría convivir con una amplificación de la producción y la propiedad privada a niveles nunca antes vistos.

En este punto, la advertencia de Hayek cobra vigencia: eliminar los mecanismos de mercado y el sistema de precios en favor de una autoridad central no conduce a la liberación, sino a la ineficiencia sistémica y al autoritarismo. Por tanto, la verdadera “línea de fuga” no se encuentra en la destrucción de la infraestructura capitalista, sino en la comprensión de cómo esta infraestructura ha codificado ya el tiempo y el deseo humano.

La propuesta de una ontología económico-trascendental nos permite superar el binarismo estéril entre la “izquierda” que ignora la ciencia económica y la “derecha” que ignora la profundidad ontológica del ser social.

Hemos visto que el capitalismo es, en esencia, un marco metanormativo que permite la producción absoluta y la revisión constante de todas las estructuras, excepto de su axiomática. Su capacidad de expansión y captura de flujos lo convierte en el sistema más totalizador de la historia y, a su vez, el más líquido y móvil.

En conclusión, el realismo capitalista no debe ser aceptado como un dogma de fe, sino como un punto de partida para una crítica honesta y rigurosa. Si ha de existir una evolución de nuestra especie más allá del estadio actual, esta no vendrá de un acto de negación, sino de la propia capacidad del sistema de convulsionar hacia una mutación ulterior.

El reto para el pensamiento futuro no es imaginar el fin del mundo, sino ser capaces de analizar los procesos internos de esta maquinaria sin dejarse cegar por el idealismo. Debemos reconocer que, más allá de nuestros deseos, y más allá del horizonte de posibilidades, el camino en el que nos movemos y que empuja tales posibilidades es actualmente el capitalismo.


5. NOTA DEL LABORATORIO

En Crítica Acelerada leemos esta aproximación de Diego Giménez Vila como una invitación a desplazar la pregunta por la superación del capitalismo hacia otra: ¿qué tipo de proceso es aquello que pretendemos superar? El ensayo sitúa una posible respuesta en la capacidad del capitalismo para modificar sus propios límites, recodificar sus crisis y producir nuevas configuraciones sin abandonar necesariamente la axiomática que permite su reproducción. Esta perspectiva entra directamente en diálogo con algunos de los problemas que interesan al Laboratorio, tal es el caso de la aceleración y la trayectoria del capitalismo.

Al mismo tiempo, su propuesta deja abiertas tensiones que consideramos muy interesantes:

¿Hasta dónde puede extenderse realmente esa capacidad adaptativa?

¿Cómo pensar la contingencia histórica sin convertir la persistencia presente del capitalismo en una necesidad futura?

¿Qué relación existe entre sus condiciones económicas concretas y la ontología que el ensayo propone?

En el marco de la investigación doctoral de Diego, este ensayo se publica en Crítica Acelerada como parte de una investigación en proceso, en el que existe una hipótesis abierta a ampliaciones, reformulaciones, tensiones y desarrollos posteriores. Como nodo de co-agenciamiento del CA, esta línea de trabajo podrá ramificarse en futuras contribuciones conforme avance su investigación.

5. BIBLIOGRAFÍA

  • Berardi, Franco (2017). El aceleracionismo cuestionado desde el punto de vista del cuerpo. En Armen Avanessian y Mauro Reis (eds.), Aceleracionismo: Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (pp. 69-76). Buenos Aires: Editorial Caja Negra.

  • Bichler, Shimshon y Nitzan, Jonathan (2018). El capital como poder: Un estudio del orden y el creorden. Jerusalem y Montreal: The Bichler and Nitzan Archives.

  • Deleuze, Gilles (2006). Derrames I: Entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Editorial Cactus.

  • Deleuze, Gilles (2023). Derrames II: Aparatos de estado y axiomática capitalista. Buenos Aires: Editorial Cactus.

  • Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (2010). El Anti Edipo: Capitalismo y esquizofrenia. Barcelona: Editorial Paidós.

  • Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (2020). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Editorial Pre-Textos.

  • Fisher, Mark (2018). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?. Buenos Aires: Editorial Caja Negra.

  • Hayek, Friedrich (2022). Individualismo y orden económico. Londres: Editorial Innisfree.

  • Heidegger, Martin (2007). Filosofía, ciencia y técnica. Santiago: Editorial Universitaria de Chile.

  • Land, Nick (2019a). Fanged Noumena (vol. 1). Mackay R. y Brassier R. (eds.). Barcelona: Editorial Holobionte.

  • Land, Nick (2019b). Fanged Noumena (vol. 2). Mackay R. y Brassier R. (eds.). Barcelona: Editorial Holobionte.

  • Shaviro, Steven (2017). Estética aceleracionista: Ineficiencia necesaria en tiempos de subsunción real. En Armen Avanessian y Mauro Reis (eds.), Aceleracionismo: Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (pp. 167-180). Buenos Aires: Editorial Caja Negra.

  • Srnicek, Nick y Williams, Alex (2017). Manifiesto por una Política Aceleracionista. En Armen Avanessian y Mauro Reis (eds.), Aceleracionismo: Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (pp. 33-48). Buenos Aires: Editorial Caja Negra.

Footnotes

  1. “Si el capitalismo es el límite exterior de toda sociedad, es porque para su provecho no tiene límite exterior, sino sólo un límite interior que es el capital mismo, al que no encuentra, pero reproduce desplazándolo siempre” (Deleuze y Guattari, 2010, p. 238).

  2. “Una política aceleracionista busca preservar las conquistas del capitalismo tardío al tiempo que va más allá de lo que su sistema de valores, sus estructuras de control y sus patologías de masa permiten” (Srnicek y Williams, 2017, p. 39).

  3. “Declaramos que la cuantificación no es un mal que deba ser eliminado, sino una herramienta que ha de ser utilizada de la forma más eficaz posible. La modelación económica es, en palabras simples, una necesidad para hacer inteligible un mundo complejo” (Srnicek y Williams, 2017, p. 42).

  4. “El humor negro de Marx, la fuente del Capital, radica en su fascinación por semejante máquina: cómo ha podido montarse eso, sobre qué fondo de descodificación y de desterritorialización, cómo funciona, siempre más descodificado, siempre más desterritorializado, cómo funciona eso siendo tanto más duro por la axiomática, por la conjugación de los flujos, cómo produce la terrible clase única de los buenos hombres grises que mantienen la máquina, cómo no corre el riesgo de morir completamente solo, en vez de hacernos morir, al suscitar hasta el final catexis de deseo que ni siquiera pasan por una ideología engañosa y subjetiva y nos hacen gritar hasta el final ¡Viva el capital en su realidad, en su disimulación objetiva!” (Deleuze y Guattari, 2010, pp. 383-384).

  5. “El capitalismo supo interpretar para su provecho el principio general según el cual las cosas sólo marchan bien con la condición de estropearse, la crisis como ‘medio inmanente al modo de producción capitalista’” (Deleuze y Guattari, 2010, p. 238).

  6. “La mayoría de los auto-respetados críticos del capitalismo se mantienen felizmente ignorantes de su ‘ciencia económica’, tanto de la neoclásica como de la marxista. Saben poco de las historias, preguntas y desafíos propios de estas teorías, y desconocen sus victorias, contradicciones y fracasos. Esta inocencia es ciertamente liberadora. Permite a los críticos producir un ‘discurso crítico’ plagado de clichés copia-y-pega, ambigüedades y a menudo sinsentidos. Rara vez sus críticas nos dicen algo importante sobre las fuerzas del capitalismo contemporáneo, mucho menos sobre cómo esas fuerzas deben ser investigadas, comprendidas y transformadas” (Bichler y Nitzan, 2018, p. 4).

  7. Del mismo modo que Heidegger incide en reflexionar acerca de la esencia de la técnica, el economista debería preguntarse acerca de la esencia del capitalismo, ya que el capitalismo no deja de ser también un tipo de tecnología social. Dice Heidegger sobre la técnica: “Dispuesto significa el modo del desocultar que impera en la esencia de la técnica moderna y que él mismo no es nada técnico. A lo técnico, por el contrario, pertenece todo lo que nosotros conocemos como varillajes, rodamientos, andamios, y demás componentes de lo que se llama montaje. Sin embargo, éste cae, junto con los mencionados componentes, en el recinto del trabajo técnico, que siempre y sólo corresponde a la provocación de lo dispuesto, pero que nunca constituye o hace a este mismo” (Heidegger, 2007, p. 130).

  8. “¿Cómo acontece esto? Ante todo si consideramos lo que esencia en la técnica, en lugar de permanecer embelesados solo en lo técnico. Mientras concibamos la técnica como instrumento, vamos a permanecer apegados a querer dominarla y omitiremos la esencia de la técnica” (Heidegger, 2007, p. 144).

  9. “Preguntamos por la técnica y hemos llegado a la αλήθεια, al desocultar. ¿Qué tiene que ver la técnica con el desocultar? Respuesta: Todo. Pues, en el desocultarse se funda todo pro-ducir” (Heidegger, 2007, p. 120).