CRÍTICA ACELERADA

EXPEDIENTE 001

ARCHIVO ABIERTO

¿Por qué hablar de colapso? Parte I

EL COLAPSO COMO OBJETO DE INVESTIGACIÓN EN EL SIGLO XXI

CRÍTICA ACELERADALABORATORIO DE ESTUDIOS CRÍTICOSIDIOMA: ES

Dossier del Colaborador

Oliver Ferran

Investigador independiente radicado en México. Ingeniero químico y economista. Actualmente cursa la Maestría en Ciencias Económicas. Es integrante del Laboratorio de Estudios sobre Empresas Transnacionales del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM y nodo inicial de Crítica Acelerada. Sus líneas de investigación se centran en la colapsología, el aceleracionismo crítico y la economía política de los datos.

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Nota del Laboratorio

El año 1977 marca el comienzo del “No future” que los Sex Pistols gritaron en God Save the Queen por todos los rincones del Reino Unido como protesta contra la monarquía británica, pero también como signo de un horizonte político que parecía haber fenecido. Más tarde, el thatcherismo convertiría aquella consigna para introducirla dentro de la maquinaria capitalista y transformarla en otra: “There Is No Alternative”. Ese fue el imaginario de todo aquello que terminó dentro de la caja de “lo neoliberal”: un programa económico orientado al libre comercio sin restricciones y a una baja intervención estatal.

Porque no había otra alternativa más que la anarquía de la competencia capitalista.

El reactor de la producción infinita devoró la subsunción formal y expulsó la subsunción real.

En las décadas posteriores, aquel programa se infiltró y condicionó no solo lo económico, sino también lo político y lo cultural. Ya decía Fredric Jameson en The Seeds of Time (1994):

“Resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.”

Más tarde, Mark Fisher y Slavoj Žižek retomaron aquella idea para mostrar que el capitalismo había subsumido incluso nuestra imaginación política y existencial.

Ese era el diagnóstico.

El futuro dejó de ser una promesa. Se convirtió en una repetición. El capitalismo había dejado atrás el pasado. Controlaba el futuro. Desde allí dirigía el presente. No hay alternativa: Capitalismo o muerte.

En el siglo XXI, aquellas sospechas e intuiciones comenzaron a adquirir una mayor masa crítica, puesto que las múltiples crisis que atraviesan nuestro presente —ecológicas, económicas, energéticas, tecnológicas, geopolíticas y sociales— han transformado aquello que durante mucho tiempo parecía una intuición filosófica en un verdadero problema de investigación.

Las múltiples configuraciones y desviaciones del sistema parecen apuntar hacia un regreso a las bases fundamentales de la existencia.

“Vemos, pues, que el trabajo no es la única fuente de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de la riqueza material […] y la tierra es su madre.”

Karl Marx, El capital

El atolladero de la sociedad contemporánea ya no puede reducirse a la crisis como categoría comodín: ese concepto que pareció capaz de nombrarlo todo. Quizá sea precisamente esa insuficiencia la que explica por qué, desde espacios de investigación muy distintos, otra palabra ha comenzado a abrirse paso: colapso.

Tiempo de salir de la zona de confort.

¿Pero de qué hablamos exactamente cuando hablamos de colapso?

Ese es el punto de partida de este expediente.

I. Introducción

Se ha configurado cierta plasticidad en torno al uso de la palabra crisis como forma de describir prácticamente cualquier emergencia del capitalismo: crisis financiera, crisis energética, crisis ecológica, crisis migratoria, crisis social, crisis económica y un largo etcétera. La palabra comodín sirve tanto para nombrar una recesión de pocos meses como para describir las condiciones cada vez más inhóspitas que hacen difícil habitar determinadas zonas del planeta.

No es que la definición de la palabra crisis sea falsa. Ha cumplido con las características necesarias para nombrar determinados fenómenos. En términos médicos, una crisis abre un terreno de posibilidades y opciones para una recomposición. Tampoco podemos negar la capacidad de la maquinaria capitalista para convertir cualquier evento o existencia en una zona de valorización. Esa capacidad de reorganizarse —de desterritorializar y reterritorializar— le es intrínseca. La historia del sistema da cuenta de esa máquina de acción perfecta: las crisis son un mecanismo mediante el cual renueva sus condiciones de acumulación.

Pero si hoy permanecemos estancados en el “No hay alternativa” es precisamente porque esta palabra ya no parece suficiente para comprender los problemas actuales.

Hoy no puede entenderse el problema de la escasez hídrica en determinadas zonas del Sur Global sin atender a sus conexiones con los grandes capitales transnacionales que evaden regulaciones ambientales en Estados donde la laxitud gubernamental se convierte en condición para hacerse con una pequeña porción del pastel de las ganancias extraordinarias. A ello todavía pueden sumarse los efectos producidos sobre los mercados locales y los desplazamientos poblacionales que la propia escasez hídrica puede generar.

Ningún problema permanece aislado.

Cada uno amplifica a los demás.

El problema ha adquirido una complejidad diferente. Ya no basta con identificar una crisis entre las múltiples que existen.

Es en este punto donde una de nuestras herramientas más poderosas vuelve a adquirir relevancia: el lenguaje.

El confinamiento de la palabra colapso al imaginario cinematográfico y catastrofista ha comenzado a romperse para permitir su entrada en los espacios de investigación. El colapso no debería reducirse ni a lo distópico ni a lo mesiánico.

En este primer acercamiento, Crítica Acelerada no pretende precipitarse hacia los juicios éticos. Lo que pretende es cartografiar el estado actual del sistema. Con ello no buscamos demostrar que el colapso sea inevitable. Tampoco defender una variante más del imaginario catastrofista.

Discutir el colapso implica, ante todo, preguntarnos si el aparato conceptual con el que históricamente hemos interpretado las mutaciones del capitalismo sigue siendo suficiente para explicar la contemporaneidad. Tal interrogante precede a cualquier diagnóstico empírico y, por tanto, a cualquier juicio ético.

Antes de evaluar si el colapso habrá de acontecer, debemos considerar si no estamos intentando pensar una realidad distinta mediante categorías y conceptos heredados de otro régimen.

Nuestro objetivo es reconstruir el problema conceptual que nos lleva a hablar hoy de colapso.

Pero ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de colapso? ¿Se trata de una metáfora, de una predicción, de un concepto político o de una categoría analítica capaz de describir las transformaciones del siglo XXI?

Preliminarmente, intuimos que la respuesta depende menos del destino del capitalismo que de nuestra capacidad para comprender la naturaleza del tiempo histórico que habitamos.

II. La insuficiencia de la crisis

Durante casi dos siglos, el capitalismo encontró en la palabra crisis una de sus categorías más eficaces. No solo para describir interrupciones de la acumulación, sino también para explicar guerras comerciales, depresiones, transformaciones tecnológicas, reorganizaciones geopolíticas y nuevos espacios de valorización.

Es por eso que se dice que la crisis no es una anomalía del capitalismo.

…sino uno de sus mecanismos de operación.

Que venía “chorreando sangre y lodo por todos los poros”.

Que es un vampiro que drena la materia y la energía de lo orgánico y lo inorgánico…

Que las crisis destruyan capital no conlleva necesariamente la destrucción de la maquinaria. Todo lo contrario: el capitalismo necesita destruir capital para seguir funcionando, para crear las condiciones de un nuevo ciclo de acumulación.

Esa es la virtud de esta máquina de acción perfecta:

Capacidad para la reorganización después de cada ruptura.

Crisis = mecanismo de violencia perfecta para la recomposición.

Crisis = suficiencia para comprender.

Comprender.

Que no hay alternativa.

Crisis infinita dentro de un planeta finito.

La Gran Depresión dio paso al fordismo.

La crisis del petróleo reorganizó la geografía industrial.

La crisis de los años setenta fagocitó el modelo de sustitución de importaciones de la periferia.

La crisis financiera de 2008 aceleró la terciarización de la economía…

“…junto con ello, el desvanecimiento del soft y del hard*.”*

Cada interrupción modificaba el sistema.

No cuestionaba su capacidad para reproducirse.

Era solo un axioma del capital.

Es probable que, mucho antes de 2026, ese axioma ya estuviera vaporizado cuando se hizo evidente que las múltiples crisis no eran episodios meramente autónomos.

Los gráficos de la Gran Aceleración, presentados por Will Steffen y su equipo, mostraron ya en 2015 que el crecimiento exponencial de variables económicas —como el Producto Interno Bruto (PIB) o la Inversión Extranjera Directa (IED)— desde la época dorada del capitalismo avanzaba de manera paralela a la degradación de la biosfera, la acidificación de los océanos, el incremento de la temperatura y el estrés hídrico, por mencionar algunos ejemplos.

Figura 1. Gráficas de la Gran Aceleración.
Figura 1. Gráficas de la Gran Aceleración.
Fuente: Steffen et al. (2015).

Las gráficas dicen ya lo suficiente.

La inflación no puede entenderse únicamente desde la política monetaria, porque existe una crisis energética —y una transición pendiente— que tampoco puede separarse de la reorganización geopolítica mundial.

La erosión del suelo y el incremento de gases contaminantes alteran la producción agrícola.

Esa alteración repercute sobre las dinámicas urbanas y puede incrementar los incentivos para migrar.

A su vez, esos desplazamientos pueden convertirse en materia prima para nuevos procesos de militarización.

La militarización reorganiza las cadenas globales de suministro.

Esas cadenas de suministro son satisfechas por corporaciones militares, tecnológicas y financieras.

Cada proceso modifica las condiciones del siguiente.

Son bucles de retroalimentación.

Una arquitectura de interdependencias.

Erosiona la estabilidad económica.

Fractura la posibilidad de aislar aquello que intentamos explicar.

¿Qué ocurre cuando el propio lenguaje con el que intentábamos cartografiar el presente deja de ser suficiente?

La pregunta no es menor. Si el sistema continúa acumulando capital mientras destruye simultáneamente las condiciones materiales, ecológicas, institucionales y sociales de su propia reproducción, entonces quizá no asistimos simplemente a una crisis más extensa que las anteriores.

Quizá nos encontramos frente a un fenómeno cuya lógica ya no puede describirse mediante las reliquias conceptuales del pasado.

Porque no basta con afirmar que vivimos “una crisis sin precedentes”. Todas las generaciones tienden a describir su presente en esos términos.

Tampoco basta con acumular indicadores ambientales o económicos.

Una mayor cantidad de evidencia no resuelve un problema conceptual.

Es una simplificación de determinada realidad bajo ciertas condiciones.

No es la totalidad.

Lo que está en discusión no es solamente la gravedad de los acontecimientos.

Sino la capacidad explicativa de nuestros conceptos y categorías.

III. Cuando la palabra colapso reaparece

Aquellas unidades lingüísticas son transhistóricas.

No emergen espontáneamente del sistema-cerebro.

No son estáticas.

Son individuos que vienen y van.

Nacen, fenecen…

Son zombificadas.

Vuelven cuando aumenta la entropía.

Cuando la información se rebela contra las categorías existentes.

La palabra colapso permaneció al margen de las ciencias sociales durante gran parte del siglo XX. No hacía falta siquiera pensarla más que para describir la caída de civilizaciones antiguas.

Mientras la economía de receta de cocina ni siquiera pudo patentar una teoría sobre la crisis, la economía política marxista se enfrascó en debates entre corrientes ortodoxas y heterodoxas en torno al análisis del capitalismo mediante la categoría de crisis. Apenas un poco más se aventuró a teorizar sobre un derrumbe sistémico, perspectiva que años más tarde perdería veracidad cuando el capitalismo demostraba, una y otra vez, su capacidad de supervivencia.

Mientras tanto, las demás ciencias sociales analizaban los efectos del capitalismo —incluso antes de comprender su funcionamiento— para hablar de procesos de modernización, desarrollo, cambio institucional y un gran etcétera.

El motivo fue simple:

La aceleración del cambio climático.

La pérdida de biodiversidad.

Los fenómenos climáticos cada vez más extremos.

El vaciamiento de las democracias.

La tiranía del capital transnacional.

Las crisis de sobreproducción y acumulación.

La debilidad intencional del sistema financiero.

Interminable e insuficiente hablar de crisis.

Categoría transhistórica ya obsoleta.

Finalmente: pensar sistémicamente.

Sospechas.

Intuiciones.

¿Catastrofismo?

¿Fin del prometeísmo tecnológico?

¿Crónica de una muerte anunciada?

Un colapso como forma de designar realidades divergentes.

Crisis que se alimentan y retroalimentan unas a otras: el atolladero.

No hay futuro en una sociedad antropocentrista que ya piensa desde el futuro: incompatibilidad.

El mensaje dice:

Reproducibilidad de la sociedad = negativo.

Bajo qué condiciones materiales sigue existiendo = positivo.

Mitigación o adaptación.

Colapso: Problema de complejidad socialProblema de sistemas complejosBiofísicaDentro del capitalismo

Si el capitalismo representa una forma histórica particular de organización de la producción, los conceptos y categorías utilizados para estudiar la caída de civilizaciones anteriores no pueden aplicarse sin más. El proyecto civilizatorio capitalista está impulsado por la acumulación de capital. La comprensión de su funcionamiento es clave para no reducir su dinámica a la institucionalidad ni a la racionalidad aparente de la economía de manual.

La sociedad capitalista no es una civilización enfrascada en un ciclo infinito de ascensos y caídas.

El capitalismo es una sociedad organizada por la producción y para la producción. Es una forma de organización social capturada por la máquina como criterio de eficiencia, rentabilidad, eficacia, bienestar y éxito para las existencias humanas.

Es aquí donde debemos preguntarnos hasta qué punto existe realmente libre albedrío o injerencia humana dentro del capitalismo.

La complejidad nos obliga a comenzar a descentrar al sujeto respecto del objeto.

Lo que finalmente nos conduce al mismo camino:

El capitalismo, aun así, depende de la transformación permanente de sus propias condiciones de existencia.

En tal sentido, ¿qué implicaría exactamente un colapso para un sistema que sobrevive gracias a las crisis constantes?

La pregunta principal no es si el capitalismo puede colapsar.

Utilizando la lógica más evidente:

¿Cómo hablar de colapso cuando el capitalismo continúa produciendo más tecnología, más inteligencia artificial, más infraestructura y mayores ganancias?

Es una crisis infinita.

Una prisión en la que todas las existencias permanecen en un equilibrio perfecto.

Todo parece indicar exactamente lo contrario:

La maquinaria sigue expandiéndose.

Conclusión antropo-capitalocentrista:

Todo va a estar bien.

No hay colapso.

El equilibrio ya no consiste en suprimir la crisis.

Consiste en administrarla indefinidamente.

El neovampirismo capitalista sigue creyendo que puede succionar a Gaia indefinidamente.

Ese es el problema…

…dentro del problema.

Eso que sobrevive gracias al caos…

…comienza a erosionar las condiciones que hacían posible ese mismo caos.

La singularidad superior que nos ha rodeado siempre.

El geotrauma emerge: condición de supervivencia del capitalismo.

El colapso no es el final.

Es una forma específica de movimiento.

No existe oposición entre reproducción y destrucción.

Funcionan en coordinación.

Momentos simultáneos de una misma lógica.