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ARCHIVO ABIERTO

Sobre energía, transiciones ecosociales y modos de vida

El poder que le otorga la energía a la sociedad capitalista, también es la razón de la crisis ecosocial

CRÍTICA ACELERADALABORATORIO DE ESTUDIOS CRÍTICOSJorge RiechmannNuestra Bandera. Reflexiones críticas en torno a la transición energéticaEXTRACCIÓN: Oliver Ferran

Cita:

Riechmann, Jorge [2024], “Sobre energía, transiciones ecosociales y modos de vida”, Nuestra Bandera. Reflexiones críticas en torno a la transición energética, (262): 125-146, Madrid, https://pce.es/media/uploads/2024/05/14/e5cfa71940f04c77872ecdea8a2ef557.pdf

Semblanza al trabajo del autora

Jorge Riechmann es profesor titular en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro de Ecologistas en Acción Sierras (Comunidad de Madrid).


La importancia de reflexionar sobre la energía que usamos

Riechmann introduce el tema de la energía en la sociedad y establece tres premisas fundamentales:

  1. El desarrollo de la vida humana implica el uso de energía tanto endosomática —la que procede del cuerpo— como exosomática —la que permite organizar las actividades humanas—. En términos económicos, la energía es la «condición previa para que cualquier actividad humana tenga lugar».

  2. Los cimientos de la economía mundial moderna se apoyan en la productividad solar prehistórica y en la energía procedente del subsuelo, que durante el siglo XX sustituyó a la productividad agrícola de la tierra.

  3. Existe una ceguera energética en la sociedad, que da por sentada la abundancia de energía y supone que obtenerla no tiene límites.

De ahí que Riechmann aluda a la dependencia que tiene la sociedad de la energía y a la enorme transformación que implicaría renunciar a ella. Es necesario hacerlo porque mantener los niveles actuales de productividad energética no será sostenible a largo plazo. En tiempos de transición, cambiar la matriz energética —es decir, abandonar los combustibles fósiles— también implica un cambio ecosocial. En términos concretos, la descarbonización requiere cierto grado de empobrecimiento y de «escasez».

Una transición decrecentista

Ante la catástrofe climática actual, impulsada por los combustibles fósiles, el autor propone el decrecimiento como vía para esquivar o atenuar los efectos devastadores de la crisis ecosocial en la que la matriz fósil ha sumido a la sociedad.

La raíz de esta crisis está en haber rebasado los límites biofísicos del planeta, explica Riechmann. En un esquema de decrecimiento, la transición ecosocial implica «vivir bien con menos». Decrecer significa reducir el metabolismo energético y material de las sociedades industriales que más han crecido, en relación con la capacidad de la Tierra de sostenerlas. Sin embargo, no todos los países pueden decrecer al mismo ritmo; esto es especialmente importante para los países del Sur Global, dadas las estructuras neocoloniales que imperan en sus territorios.

Una transición energética decrecentista

El catedrático señala que, en términos cuantitativos, una transición ecosocial decrecentista se vería así: con base en investigaciones sobre el clima, la disponibilidad de recursos energéticos y los límites minerales, el umbral de consumo energético final per cápita para 2050 sería de entre 15 y 31 GJ. Ese umbral permitiría garantizar una vida digna, cumplir los objetivos climáticos actuales —limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C— y mantener la sostenibilidad de los recursos minerales.

En términos generales, las reducciones energéticas tendrían que ser de entre el 70 % y el 80 % —incluso mayores si se consideran las necesidades del Sur Global— respecto de los niveles de consumo del Norte Global, siempre que exista una electrificación generalizada de la economía. Esas reducciones requieren transiciones sociotécnicas a gran escala, guiadas por un fuerte sentido de justicia ecológica. La transición no ocurrirá únicamente gracias a mejoras tecnológicas exponenciales: también hacen falta infraestructura y prácticas sociales que promuevan «vivir bien con poco». Esto importa porque la transición es necesaria tanto para reducir los efectos de la debacle ambiental como para adaptarse a los límites de la matriz energética renovable.

Desplazamiento de impactos

Riechmann coincide en que el capitalismo es una máquina de externalizar daños. Actualmente, la extralimitación ecológica genera efectos negativos en distintas regiones y sobre distintos grupos. El privilegio de vivir en el centro del sistema se sostiene desplazando el daño y el colapso hacia las periferias: la naturaleza, los pueblos del Sur Global y las mujeres, retomando a la pensadora ecofeminista María Mies. El progreso industrial, junto con el negacionismo climático o la infravaloración del problema, se produce a costa de la supervivencia de terceros, tanto humanos como no humanos.

Por ello, se reconoce no solo el carácter exterminista del capitalismo, sino también que la modernidad eurooccidental es producto de la colonialidad. Esta depende fuertemente de las tres periferias antes señaladas. En este punto, Riechmann defiende a quienes han recibido críticas por sus posturas catastróficas o colapsistas respecto a la llamada crisis energética. El catedrático sostiene que la crisis energética no es una crisis que nunca termina de llegar —como se suele criticar—, sino que se pospone desplazándola fuera del centro. Así, en vez de solucionar la crisis ecosocial, se agrava.

Un problema sistémico

Para Riechmann, la vía para empezar a solucionar la crisis ecosocial consiste en renaturalizar masivamente el planeta, salir del capitalismo y, por lo pronto, emprender una contracción económica de emergencia. Esto se debe a que el problema es sistémico, no aislado. Confiar en soluciones exclusivamente tecnológicas es contraproducente, porque existe una fuerte correlación entre los distintos componentes de la crisis. Se podría pensar que se ha resuelto una parte del problema cuando, en realidad, se corre el riesgo de agravarlo. La crisis global no se limita a la producción de contaminantes atmosféricos: también incluye la pérdida de biodiversidad y la cuestión de quiénes contaminan.

Para el catedrático español, la sociedad carece de pensamiento sistémico y, al mismo tiempo, abunda en una «ilusión de control». El modo de vida capitalista no encaja con los sistemas naturales: «En el marco expansivo del capitalismo, somos a menudo más ecoeficientes y al mismo tiempo más insostenibles», en alusión a la paradoja de Jevons, según la cual las mejoras en eficiencia energética, en lugar de reducir el consumo, pueden incrementarlo.

¿Cuánto es suficiente?

Para Riechmann, uno de los problemas de esta sociedad es que la demanda siempre tiende a crecer, pero nunca a disminuir. Se pregunta por qué la búsqueda de suficiencia parece no tener límites. Esto es importante porque, para lograr el objetivo de vivir bien con poco, es necesario romper con la lógica inconsciente de querer siempre más. En ese sentido, considera que una parte del Norte Global —tanto ecologistas como no ecologistas— no reflexiona lo suficiente sobre su contribución al problema climático y ambiental.

El catedrático cree que a la sociedad del Norte le resulta más fácil culpar del problema a ese 1 % más opulento, aunque los estilos de vida de estas latitudes también contribuyen considerablemente a agravarlo. Por eso no basta con decir «hay que pasar a un modo de vida con lo suficiente»: los estilos de vida del Norte y del Sur Global son cualitativa y cuantitativamente diferentes.

El estilo de vida imperialista del Norte Global no puede universalizarse para toda la humanidad, sin importar la clase social. La sociedad del Norte debe realizar un cambio antropológico profundo y adaptarse a los límites biofísicos del planeta. En ese sentido, el ecologismo del Norte Global también debe reconocer que su modo de vida imperialista depreda la biosfera y es incompatible con la sostenibilidad del sistema planetario. El ecologismo no consiste en pensar que «lo verde es guay».

Riechmann invita a reflexionar sobre el poder que la riqueza energética ha otorgado a la sociedad del Norte, cuya huella de carbono es alta. De ahí la importancia de hablar sobre los límites de la suficiencia.

Un problema casi intratable

Riechmann es claro: el problema climático y ambiental actual es casi intratable. No es un escenario en el que los oprimidos simplemente tengan que luchar contra el 1 % opulento y sus modos de vida. El Norte Global debe desprenderse de su modo de vida imperialista, que mantiene una gran deuda con el Sur Global. Es indispensable poner fin al capitalismo fósil y a los privilegios que de él se derivan; por eso la tarea es tan complicada.

Riechmann vuelve a remarcar que esto requiere una descarbonización inmediata y una reducción cuantitativa del nivel de vida. Aunque algunas personas contribuyen más que otras al ecocidio del planeta, es necesario reconocer hasta qué punto el Norte Global está inmerso, directa e indirectamente, en esas prácticas. El capitalismo es una relación social que atraviesa todo el cuerpo social. Por eso, aunque una parte de la solución implique una lucha entre opresores y oprimidos, otra parte consiste en luchar contra las propias prácticas.

¿Escasez de energía? No, exceso de expectativas

Riechmann señala que el problema detrás de esta crisis ecológico-social —una crisis de límites y escasez— es el exceso de expectativas. Estas son producto del metabolismo socioeconómico que impone el capitalismo, en el que el crecimiento continuo genera el deseo de querer siempre más. Ese deseo es fundamental para mantener economías que no consideran los límites al crecimiento, ni reconocen que su expansión no se ajusta a los límites biofísicos del planeta y puede incluso conducir al colapso ecosocial.

En última instancia, es posible vivir bien utilizando menos energía y con suficiencia material. Para Riechmann, decrecer no significa vivir peor (dato crucial 8). Implica plantearse una forma alternativa y radical de vivir: hacer comunidad, reducir el consumo innecesario y hacer menos. Como indica el catedrático, de eso siempre se ha tratado el ecologismo.

Asimilar la facticidad cosmológica

Hoy en día, muchas personas —desde la población hasta los gobernantes y la oposición— no reconocen los límites de la existencia: los límites físicos, biológicos, geológicos y materiales de la civilización humana. Negar esos límites acelera el descalabro climático. «Hay que ser realistas», señala Riechmann.

El realismo antropológico y sociológico debe ir acompañado del realismo ecológico y termodinámico. El catedrático español recuerda que incluso las izquierdas han perdido la facticidad cosmológica. Con esto se refiere a que, anteriormente, el pensamiento de izquierda solía establecer vínculos con las ciencias naturales —desde Marx hasta los anarquistas— porque reconocía la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Según Riechmann, esa labor se ha perdido. Por ello, es necesario volver a considerar en qué punto se encuentra la sociedad actual respecto de todo lo que la rodea.

Jugando a la ruleta rusa con cinco balas en el tambor del revólver

Riechmann sostiene que la sociedad sabe qué se necesita hacer para resolver la crisis ecosocial. El inconveniente es que quienes toman las decisiones pertenecen a la clase dominante. Ni siquiera existe certeza sobre cuándo surgirá un sujeto político revolucionario capaz de reorientar el sistema o de acabar con él. Es decir, un sujeto que logre superar los defectos del capitalismo, como las irregularidades de los mercados, los precios y la propiedad.

Este apartado invita a reflexionar sobre la necesidad inmediata de realizar cambios fundamentales en el capitalismo global, la educación y la igualdad. Entre ellos están la regulación de los mercados, el abandono de los combustibles fósiles, el fin del crecimiento y el empoderamiento de las mujeres. De ahí la necesidad de sostener que el decrecimiento es una vía para salir del atolladero. Sin embargo, el pensamiento sistémico todavía no se corresponde con las fuerzas actuales —las clases dominantes— que sostienen el capitalismo.

Dime que me quieres, aunque sea mentira

Riechmann propone un modo de vida basado en la frugalidad, junto con una revolución social igualitaria, para lograr una transformación ecosocial. Ese cambio de mentalidad apenas comienza a vislumbrarse entre las subjetividades ecologistas. Por el momento, existe una resistencia mental a abandonar la idea de que se puede seguir viviendo como hasta ahora —o incluso mejor— si se depositan todas las esperanzas en las energías renovables.

La mayoría de la sociedad prefiere «antes muerta que sencilla», apunta Riechmann con ironía. Las sociedades industriales no son capaces de aceptar que la transición energética no puede sostenerse solo en las mejoras tecnológicas: también requiere un decrecimiento metabólico. Las sociedades industriales no son sostenibles y aferrarse a ellas llevará al planeta a la devastación y la inhabitabilidad, con un mayor extractivismo de biomasa y minerales y, en paralelo, un aumento del autoritarismo, añade el catedrático. La transición debe ser tanto energética como ecosocial, recalca el autor.


NOTAS DEL LABORATORIO

El decrecimiento se propone como una vía para enfrentar la crisis ecosocial, aunque es indispensable precisar cómo se concibe. Mientras algunos ecologistas lo plantean dentro de los márgenes del sistema capitalista, otros lo asumen como una ruptura total con él, y un tercer grupo evita tomar una postura definida. Esta distinción resulta fundamental porque, como señala Jorge Riechmann, la crisis es sistémica y, en consecuencia, exige respuestas que transformen las estructuras de raíz.

Postular el decrecimiento como alternativa implica asumir una serie de premisas y renuncias que, superficialmente, parecen reducirse a un simple “dejemos de crecer”, pero que en la teoría y en la práctica entrañan una gran complejidad. Desde la ciencia económica, el estudio del crecimiento —marcado por los aportes de Robert Solow— ha sido clave para intentar explicar por qué pocos países prosperan mientras la mayoría se estanca o se vuelve dependiente. Tanto en la ortodoxia como heterodoxía económica, la fórmula del éxito recae en el progreso técnico (la tecnología), un factor que genera tanto una profunda fascinación en unos como una fobia absoluta en otros. Basta con volterar a ver al “cadaver no-muerto” del aceleracionismo y sus grandes derivas tanto de izquierda como de derecha.

También hay que ser claros y resaltar que la teoría del crecimiento económico sigue pecando de reduccionista: margina o externaliza variables fundamentales, como la naturaleza y el factor tierra, al momento de modelar matemáticamente cuánta innovación necesita un país para sostener su expansión. En tanto, omite cuestiones que no son cuantificables como los autoritarismos o los compadrazjos capitalistas.

Pese a esto, el crecimiento sigue asumiéndose como una etapa ineludible dentro del espectro más amplio del desarrollo económico. Paradójicamente, la propia teoría económica no postula un crecimiento infinito; proyecta la llegada a un estado estacionario desde el cual se alcanzaría el desarrollo y un teórico punto de equilibrio.

Por ello, plantear el decrecimiento exige no solo definir cuánto y qué debemos reducir, sino diseñar la ruta para lograrlo. Materialmente, este proceso solo es viable mediante la inyección de un flujo negentrópico continuo que logre regular el caos termodinámico inherente al metabolismo de nuestras sociedades. Convertir los manifiestos del movimiento decrecentista en una realidad requiere de herramientas técnicas e institucionales capaces de gestionar esa transición sin generar una catástrofe superior.

En consecuencia, el plano normativo debe acompañarse de la creación y puesta a prueba de nuevos modelos prácticos. Aunque la emergencia climática y ecológica exige acción inmediata, la magnitud del desafío supera cualquier promesa mesiánica. Implementar un decrecimiento planificado corre el riesgo de derivar en un autoritarismo moral que dicte de manera vertical qué naciones tienen derecho a crecer y cuáles deben contraerse. Esto reaviva inevitablemente las tensiones históricas analizadas por la teoría de la dependencia, subrayando las profundas asimetrías estructurales entre el Centro y la Periferia.

Dicho de otro modo: el decrecimiento no anula por sí solo el impacto del metabolismo social, así como la teoría del crecimiento tampoco logra sostener empíricamente la expansión perpetua. Mientras tanto, el capitalismo avanza hacia un futuro incierto donde la implacable acumulación, impulsada por la extracción de plusvalía, termina arrojando por la borda cualquier postulado de equilibrio teórico. Por ello, la premisa de «vivir bien con menos» funciona como una respuesta de urgencia frente a la crisis climática, pero no constituye una solución definitiva. Limitar el debate a decidir qué sectores o países deben reducir su consumo resulta insuficiente, ya que este enfoque corre el riesgo de dejar intacto el problema estructural: la persistencia de un paradigma que concibe a la naturaleza como un mero depósito de recursos destinado exclusivamente a satisfacer las demandas humanas.

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