Cita:
Fraser, Nancy [2022], Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, and the Planet — and What We Can Do about It. Chapter 1, London, Verso.
Semblanza al trabajo del autora
Nancy Fraser es una filósofa política, teórica crítica y feminista estadounidense. Su trabajo aborda, entre otros temas, la justicia social, la relación entre redistribución y reconocimiento, la teoría feminista y las conexiones entre capitalismo, opresión racial, reproducción social y crisis ecológica.
Omnívoro: por qué es necesario ampliar nuestra concepción del capitalismo
Después de un largo periodo en que el concepto de capitalismo perdió presencia en el debate público, vuelve a ocupar un lugar central. El retorno responde a la profundidad de la crisis contemporánea y a la necesidad de explicarla de manera sistemática. Crece la conciencia de que males diversos —financieros, económicos, ecológicos, políticos y sociales— tienen raíces comunes, y de que las reformas que no cuestionan las estructuras difícilmente podrán resolverlos. También se percibe la necesidad de relacionar las luchas sociales actuales y de situar el capitalismo en el centro del análisis. Sin embargo, el renovado uso del término no ha producido, por sí solo, una explicación amplia y compartida de la crisis.
Parte de las nuevas generaciones de activistas y académicos ha perdido contacto con las tradiciones críticas del capitalismo. A su vez, algunas corrientes marxistas más antiguas no han incorporado suficientemente los aportes del feminismo, el pensamiento poscolonial y las luchas de liberación negra. El resultado es una paradoja: atravesamos una crisis capitalista profunda, pero carecemos de una teoría crítica capaz de explicarla en toda su complejidad y de orientar una salida emancipadora.
Los modelos de crisis heredados suelen centrarse en la economía. No obstante, la crisis actual tiene varias dimensiones y no puede reducirse a la económica: el calentamiento global es un ejemplo evidente. También resultan limitados los modelos que concentran el análisis del conflicto social en las luchas laborales dentro de la producción mercantil. Las disputas en torno a la naturaleza, la reproducción social, el poder público y el despojo son igualmente centrales, pues las desigualdades se organizan en varios ejes. Por ello, Fraser propone ampliar las concepciones del capitalismo y de sus crisis para que resulten pertinentes en el presente.
La idea de «capitalismo caníbal» busca contribuir a esa ampliación. El primer capítulo dialoga con Marx y retoma ideas centrales del primer tomo de El capital, pero procura ir más allá al integrar el análisis de la raza, la ecología y el poder político. Estas dimensiones son centrales para comprender las desigualdades capitalistas y las luchas sociales. El recorrido parte de Marx y plantea preguntas que orientan la discusión: ¿qué es el capitalismo y cómo conviene conceptualizarlo?, ¿es un sistema económico, una forma de vida o un orden social institucionalizado?, ¿cómo debe entenderse su tendencia a las crisis?
Las características centrales del capitalismo según Marx
Fraser retoma cuatro rasgos del capitalismo identificados por Marx. Su propósito no es descartarlos, sino mostrar que describen el primer plano del sistema y que este depende de condiciones menos visibles que lo hacen posible. Marx fue más allá de la apariencia del intercambio y analizó la producción; Fraser propone mirar, además, aquello que queda oculto detrás de la producción.
El primer rasgo es la propiedad privada de los medios de producción y la separación de la mayoría de las personas respecto de esos medios. Esta relación configura una sociedad dividida entre quienes controlan el capital y quienes deben vender su fuerza de trabajo. Antes del capitalismo, muchas personas podían acceder a medios de subsistencia y a bienes comunes sin depender por completo de un empleo remunerado. El cercamiento y la privatización de esos recursos restringieron dicho acceso y concentraron su propiedad en manos de una minoría.
El segundo rasgo es el mercado de trabajo asalariado, en el que la fuerza de trabajo se ofrece como mercancía. El trabajador es «libre» en dos sentidos: jurídicamente, puede aceptar o rechazar un contrato; materialmente, está separado de los medios de producción y de subsistencia, por lo que necesita vender su fuerza de trabajo para vivir. Esta libertad formal coexiste, por tanto, con una fuerte dependencia económica.
El tercer rasgo es la acumulación continua y expansiva de capital. En el capitalismo, la satisfacción de las necesidades humanas queda subordinada al imperativo de ampliar el valor. El capital aparece como si fuera el sujeto del proceso, mientras que las personas, al procurar su subsistencia, contribuyen a su reproducción y expansión.
El cuarto rasgo es el papel particular de los mercados. Los mercados han existido en sociedades no capitalistas, pero en el capitalismo la producción y la reproducción dependen de ellos de una manera específica. Los insumos productivos —como la tierra, el trabajo y el capital— se asignan en gran medida mediante mecanismos mercantiles; es, en ese sentido, un sistema que produce mercancías utilizando mercancías, aunque también depende de recursos y actividades no mercantilizados.
Además, el mercado y la propiedad privada organizan la distribución del excedente social, es decir, de los recursos y esfuerzos que quedan una vez atendidas las necesidades inmediatas de reproducción de la vida. De esa distribución dependen decisiones colectivas: dónde invertir, qué valor dar a los cuidados, cómo relacionarse con la naturaleza y qué responsabilidades asumir hacia las generaciones futuras. Cuando estas decisiones se subordinan a la rentabilidad y a la expansión cuantitativa de la riqueza, quedan relegadas otras consideraciones éticas y sociales.
Fraser cuestiona la idea de que el capitalismo tienda a mercantilizarlo todo. Siguiendo a Immanuel Wallerstein (1983), señala que el sistema también depende de hogares semiproletarios, cuyo sustento combina el empleo remunerado con actividades no mercantilizadas, como el autoabastecimiento y la ayuda mutua. De estas actividades y de otras fuentes de riqueza poco reconocidas el capital puede obtener recursos a bajo costo. Por ello, la acumulación capitalista no solo se expande mediante mercados: también se apoya en la apropiación de bienes y capacidades que quedan fuera de ellos.
Las dinámicas mercantilizadas y no mercantilizadas están, así, imbricadas. Para nombrar la relación desigual por la cual el capitalismo se alimenta de esas condiciones y, al mismo tiempo, las deteriora, Fraser recurre a la metáfora de la «canibalización».
Tras la morada oculta de Marx
Fraser propone mirar detrás de la esfera de la producción y preguntar qué condiciones hacen posibles los rasgos del capitalismo descritos por Marx. En el capítulo sobre la acumulación originaria, Marx mostró que el despojo y la expropiación contribuyeron a crear las condiciones históricas del capitalismo. Rosa Luxemburgo (1968) y David Harvey (2003), entre otros, han destacado que la apropiación por desposesión no pertenece únicamente a los orígenes del sistema, sino que continúa a lo largo de su desarrollo.
La explotación del trabajo es el mecanismo más visible y reconocido de la acumulación capitalista. Opera, sin embargo, junto con la expropiación, que permite apropiarse de recursos, trabajo y riqueza sin reconocerlos como aportes equivalentes ni compensarlos plenamente. La expropiación puede persistir aunque quede fuera del relato oficial de la economía.
Fraser identifica en Marx dos movimientos analíticos. Primero, Marx atraviesa la apariencia del intercambio mercantil y examina la producción; así muestra que la acumulación no es simplemente el resultado de intercambios entre iguales, sino que depende de la apropiación del valor producido por los trabajadores más allá de lo que reciben como salario. Después, al analizar la acumulación originaria, muestra la violencia y el despojo que hicieron posible separar a los productores de sus medios de vida y establecer la explotación asalariada.
Marx reveló aspectos decisivos del funcionamiento del capital, aunque Fraser considera que no desarrolló plenamente las implicaciones de la expropiación para el análisis del capitalismo. Para comprender el siglo XXI, propone examinar de manera más sistemática las dimensiones profundas del sistema y la persistencia de procesos asociados a la llamada acumulación originaria.
De la producción de mercancías a la reproducción social
Un primer desplazamiento analítico consiste en pasar de la producción a la reproducción social. Esta comprende las actividades y relaciones que sostienen la vida, forman y socializan a las personas y contribuyen a reproducir las capacidades necesarias para la sociedad. Incluye, entre otras tareas, el trabajo doméstico, los cuidados y la crianza; no se reduce a ellos ni es sinónimo de subjetivación, aunque también comprende procesos de formación de sujetos.
En las sociedades capitalistas, muchas de estas actividades se realizan fuera del mercado y sin remuneración. Sin embargo, sin ellas no habría fuerza de trabajo disponible, ni acumulación de plusvalor, ni reproducción cotidiana de la vida social. Los cuidados, la crianza y otras tareas sostienen a quienes participan en el trabajo asalariado y contribuyen a formar nuevas generaciones. La reproducción social, como la disponibilidad de recursos obtenidos mediante el despojo, es una condición de posibilidad de la producción mercantil.
La separación entre reproducción social y producción económica se presenta como si fuera natural, pero Fraser la entiende como una división institucional propia del capitalismo y estrechamente ligada a las relaciones de género. La asociación del trabajo asalariado y productivo con lo masculino, y del trabajo reproductivo no remunerado con lo femenino, ha servido para subordinar y desvalorizar las labores de cuidado.
En distintos órdenes sociales, las formas de organizar y reconocer el trabajo reproductivo han variado. Fraser subraya que el capitalismo tiende a relegar muchas de estas tareas al ámbito doméstico y privado, y a ocultar su importancia económica y social. Puesto que el salario constituye una fuente central de acceso a los recursos, esta organización genera relaciones de dependencia para quienes realizan trabajo no remunerado.
La división entre producción y reproducción no permanece inmutable: cambia con las distintas fases del capitalismo. En la etapa neoliberal, la privatización y mercantilización de servicios públicos, junto con la reducción del gasto social y la incorporación de muchas mujeres a empleos de servicios precarios, transforma las fronteras entre ambas esferas y reconfigura las relaciones de género. Al mismo tiempo, el sistema consume las capacidades de cuidado y reproducción de las que depende, sin garantizar su reposición. Esta presión contribuye a la crisis de la reproducción social y, con ella, a la crisis capitalista.
De la economía a la ecología
Un segundo desplazamiento dirige la atención a la apropiación capitalista de la naturaleza. El sistema se sirve de ella como fuente de materias primas y energía y como espacio para depositar residuos, sin asumir plenamente los costos de su regeneración. La capacidad de los ecosistemas para sostener la vida es otra de las condiciones de posibilidad del capitalismo y, a la vez, un objeto de su canibalización.
Fraser analiza también la separación institucional entre naturaleza y economía: la primera se representa como una fuente ilimitada y gratuita de recursos, mientras que la segunda aparece como el ámbito en que se produce el valor. Esta división oculta la dependencia de la economía respecto de los procesos naturales. La industrialización basada en combustibles fósiles y la agricultura dependiente de insumos químicos han intensificado la alteración de los ciclos ecológicos. En diálogo con la idea marxista de la «ruptura metabólica», Fraser plantea que estas dinámicas contribuyen a la devastación ambiental.
En la fase neoliberal se han privatizado y mercantilizado nuevos elementos, entre ellos el agua. A la vez, los avances tecnológicos intervienen cada vez más en procesos vinculados con la reproducción y la vida, lo que vuelve menos nítidas algunas fronteras entre lo humano y lo natural. Fraser sostiene que estos cambios no conducen necesariamente a una relación más armónica con la naturaleza; pueden profundizar su apropiación y alterar sus procesos internos. También advierte que las demandas ambientales pueden ser absorbidas por lógicas de mercado.
El cercamiento y la privatización de los bienes comunes ecológicos que aún existen constituyen otro aspecto de la crisis capitalista.
De lo económico a lo político
Un tercer conjunto de condiciones de posibilidad corresponde a los poderes públicos. El capitalismo depende de marcos legales que garanticen la propiedad privada y los contratos, de instituciones que hagan cumplir las normas y sostengan la moneda, y de capacidades estatales para contener o reprimir resistencias al orden establecido.
Históricamente, estos poderes se han organizado sobre todo en los Estados. Los Estados han contribuido a crear y sostener las condiciones para el trabajo asalariado y el intercambio mercantil; han movilizado fuerzas para proteger la propiedad y reprimir resistencias al despojo; y han organizado y respaldado los sistemas monetarios. En este sentido, la economía capitalista no existe separada del poder político que la constituye y la sostiene.
La división entre política y economía es otra separación institucional del capitalismo. En otros sistemas, las autoridades políticas podían controlar directamente los medios de producción; el capitalismo, en cambio, diferencia las esferas y sus mecanismos, aunque ambas sigan dependiendo una de otra.
El capital también requiere poder político en el ámbito geopolítico. Su expansión atraviesa las fronteras de los Estados y necesita marcos jurídicos internacionales, acuerdos y regímenes supranacionales. La historia del desarrollo capitalista está ligada a las capacidades militares y organizativas de potencias hegemónicas que han impulsado la acumulación a escala mundial dentro de un sistema compuesto por múltiples Estados.
Esta dinámica articula varias divisiones: entre lo nacional y lo internacional, entre centros y periferias imperiales, y entre una economía capitalista de alcance mundial y un orden político organizado principalmente mediante Estados territoriales. En la fase neoliberal, la acumulación debilita o subordina las instituciones públicas de las que depende; de ahí que la crisis política sea también una crisis de las condiciones de posibilidad del capitalismo.
De la explotación a la expropiación
Para Fraser, la acumulación originaria no es únicamente un episodio del pasado: el despojo continúa en el capitalismo contemporáneo y contribuye a crear las condiciones de la acumulación. La apropiación de la riqueza de pueblos subordinados permite reducir costos y hace posible la explotación del trabajo asalariado en condiciones más ventajosas para el capital.
Explotación y expropiación contribuyen de maneras distintas a la acumulación. Mediante la explotación, el capital se apropia del valor generado por los trabajadores por encima del valor que reciben en forma de salario. La expropiación, en cambio, consiste en apropiarse de recursos, capacidades y riqueza mediante relaciones coercitivas o desiguales, sin reconocerlos ni remunerarlos en condiciones equivalentes. Incorporar a la producción mano de obra, tierras y energía obtenidas por despojo reduce los costos y eleva las ganancias.
Ambos procesos están articulados. Los trabajadores asalariados transforman materias primas extraídas mediante relaciones de despojo y utilizan energía obtenida a bajo costo. A su vez, los salarios bajos pueden sostenerse gracias a alimentos producidos en tierras desposeídas y a bienes elaborados en talleres clandestinos o mediante trabajo no libre. La expropiación no es un fenómeno externo al capitalismo: contribuye a hacer posible la explotación asalariada.
La distinción entre explotación y expropiación se relaciona con una jerarquía de estatus y protección. Algunas personas son reconocidas como sujetos de derecho capaces de vender libremente su fuerza de trabajo; otras son tratadas como poblaciones expropiables, con menor protección política y jurídica y mayor exposición a la violencia y al despojo. El capitalismo organiza, así, divisiones entre quienes son explotados como trabajadores asalariados y quienes quedan expuestos a formas más directas de expropiación.
Estas divisiones sustentan formas de dominación racial e imperial. La población racializada ha sido sometida de manera desproporcionada al despojo y privada de protecciones, mediante procesos que incluyen el racismo, el imperialismo, la apropiación de tierras indígenas y distintas formas de violencia colectiva.
La división entre explotación y expropiación, como las demás separaciones analizadas, cambia históricamente y está sujeta a las presiones de la acumulación. También se entrelaza con las crisis de la reproducción social, la ecología y el poder político. El poder público puede asegurar y legitimar el trabajo forzado, el saqueo de recursos y el despojo de tierras; las regiones racializadas pueden, a su vez, ser tratadas como fuentes de trabajo barato y como zonas de sacrificio ambiental. Por eso, las crisis económicas, ecológicas, sociales y políticas están imbricadas con el imperialismo, la dominación racial y los antagonismos que estos generan.
El capitalismo es algo más vasto que una economía
Las características económicas del capitalismo —la propiedad privada de los medios de producción, la acumulación expansiva de valor y el papel del mercado en la asignación de recursos y del excedente— se apoyan en cuatro condiciones no económicas: la reproducción social, la ecología del planeta, el poder político y la expropiación continuada de pueblos racializados. Estas relaciones suelen permanecer en un segundo plano, aunque sean constitutivas del sistema.
Comprender el capitalismo exige relacionar la historia de la explotación con esas cuatro dimensiones. La crítica marxista debe dialogar con las tradiciones feministas, ecológicas, antirracistas y antiimperialistas. El capitalismo presenta como puramente económicas algunas relaciones sociales que lo estructuran; sin embargo, varias de sus condiciones de posibilidad no pertenecen exclusivamente a la economía. De ahí la necesidad de una concepción más amplia del sistema.
Esta perspectiva tampoco supone que el capitalismo mercantilice todo de forma directa. Para expandirse, necesita apropiarse de regiones y capacidades políticas, sociales y ecológicas que no están plenamente mercantilizadas.
Esas esferas tienen lógicas propias. Las prácticas de reproducción social pueden promover la solidaridad y el cuidado mutuo; las prácticas políticas, la democracia, la autonomía y la autodeterminación; las relaciones ecológicas, la no dominación de la naturaleza y la justicia entre generaciones; y las prácticas comunitarias que resisten la expropiación, la autonomía y la integración colectiva.
Fraser advierte, no obstante, que no deben idealizarse las esferas no mercantilizadas: también pueden reproducir jerarquías, exclusiones, sectarismos y desigualdades de clase. Aun así, sus valores y prácticas difieren de los que predominan en la lógica capitalista, como el crecimiento, la eficiencia, el individualismo, la libertad entendida como ausencia de interferencia y el progreso meritocrático.
La sociedad capitalista reúne formas de vida y normatividades distintas, pero relacionadas. El sistema surge de la interacción entre las dinámicas económicas visibles y las condiciones menos visibles que las sostienen. Por eso, el capitalismo no es solo un sistema económico ni puede reducirse a una ética de vida.
Fraser propone entenderlo como un orden social institucionalizado. Esta perspectiva destaca las divisiones entre producción y reproducción social, economía y política, naturaleza humana y naturaleza no humana, y explotación y expropiación. También muestra la imbricación estructural del capitalismo con la dominación de género, la degradación ecológica, la opresión racial e imperial y la dominación política, todo ello articulado con la explotación del trabajo asalariado.
Luchas por los límites
Las divisiones institucionales del capitalismo no son estáticas: varían según el tiempo y el lugar. Fraser distingue, de manera esquemática, tres grandes configuraciones históricas: el capitalismo liberal-colonial, el capitalismo monopólico administrado por el Estado y el capitalismo financiarizado de la globalización neoliberal. La configuración concreta de cada periodo resulta de procesos históricos, relaciones de poder, luchas y resistencias que trazan y vuelven a trazar las fronteras entre las esferas institucionales.
Esas fronteras son escenarios de conflicto. Diversos grupos buscan transformarlas o defenderlas: disputan los límites entre política y economía, producción y reproducción, naturaleza humana y no humana, explotación y expropiación. En estas luchas se movilizan valores y prácticas que no se reducen a la lógica mercantil, como el cuidado, la justicia entre generaciones y la autonomía comunitaria. Estas disputas forman parte central del conflicto social capitalista y son tan relevantes como la lucha por el control de la producción y la distribución del plusvalor.
Esta perspectiva no supone que toda actividad social exista únicamente para reforzar el capitalismo. Aunque los espacios no mercantilizados contribuyen a sostener la producción de mercancías, sus lógicas no se explican solo por esa función ni se reducen a servir a la acumulación. También contienen prácticas, ideales y recursos con potencial para impulsar luchas contra las relaciones capitalistas.
Las divisiones estructurales separan normatividades distintas dentro de las instituciones. En tiempos de crisis, esas fronteras pueden debilitarse y las personas experimentar conflictos entre valores e intereses que conviven en el orden social. La crítica al capitalismo puede surgir, entonces, desde las propias tensiones del sistema y desde los ideales presentes tanto en sus esferas visibles como en sus «moradas ocultas».
Los espacios que no están sujetos directamente a la lógica mercantil no son, por ello, necesariamente anticapitalistas ni externos al capitalismo. Pueden ser fuentes de crítica y, al mismo tiempo, partes integrales del orden social. La sociedad, la política, la naturaleza y las poblaciones expuestas a la expropiación se han configurado en relación con la economía. Las divisiones entre producción y reproducción, política y economía, naturaleza y humanidad, centro y periferia racializada solo se comprenden plenamente en su interdependencia.
Los proyectos políticos que apelan a valores distintos de los del mercado suelen presentar contrastes como el cuidado frente a la violencia patriarcal o la solidaridad frente al afán de lucro. Estas oposiciones expresan conflictos reales, aunque también se forman dentro del orden social capitalista que buscan cuestionar.
Una explicación adecuada de la relación entre las dinámicas visibles y las ocultas del capitalismo debe reconocer tres aspectos: la economía capitalista depende de la riqueza y de los valores de las esferas no mercantilizadas; estas esferas tienen lógicas propias y pueden ofrecer recursos para la lucha anticapitalista; y, a la vez, están entrelazadas con la economía y se producen junto con ella dentro del mismo orden social.
Crisis de canibalización
Un elemento final para comprender el capitalismo es la inestabilidad potencial de las relaciones entre sus dinámicas visibles y sus condiciones de fondo. La producción capitalista depende de la reproducción social, la naturaleza, el poder político y la expropiación; sin embargo, el impulso hacia la acumulación ilimitada amenaza con deteriorar las condiciones que la hacen posible.
Fraser identifica cuatro procesos de canibalización, que pueden entenderse como contradicciones del capital: la erosión de la reproducción social, la devastación ecológica, el debilitamiento de los poderes públicos y la expropiación de las periferias racializadas. En cada caso, el capital consume las condiciones de las que depende sin reponerlas de manera suficiente. De este modo se desestabilizan las bases sociales, ecológicas, políticas y raciales del orden capitalista.
Estas contradicciones impulsan distintas luchas sociales: la lucha de clases y las disputas por los límites de la reproducción social, la ecología, el poder político y la expropiación. Cada frente expresa una respuesta a las crisis propias del capitalismo.
La crítica de Fraser retoma la reflexión de Marx y amplía su alcance. Marx analizó la tendencia del capitalismo a producir crisis económicas, la dominación de clase y la posibilidad de emancipación mediante la lucha de clases. Fraser incorpora esas contradicciones y, además, los procesos de canibalización que amenazan las condiciones de posibilidad del sistema.
Por eso, su crítica de la dominación y su horizonte político anticapitalista abarcan más que la tradición marxista ortodoxa. Además de la dominación de clase, consideran la dominación de género, la opresión racial e imperial, la degradación de la naturaleza y la subordinación de la política a la economía. Los actores de las luchas son diversos en términos de clase, género, raza y pertenencia nacional; sus reivindicaciones incluyen tanto la lucha de clases como las luchas por las fronteras institucionales.
La lucha anticapitalista es, en consecuencia, amplia y plural. Las condiciones que hacen posible la explotación también son escenarios de conflicto: hay luchas de clases en la producción y disputas en torno al género, la ecología, el racismo, el imperialismo y la democracia. Algunas de estas luchas se enfrentan directamente con el capitalismo; otras cuestionan las fronteras y relaciones que lo sostienen.
La cooperación entre luchas puede fortalecerse si se comprenden como respuestas relacionadas a la dinámica caníbal del capitalismo. El reto de los actores sociales y de la teoría crítica consiste en articular un horizonte emancipador que permita imaginar otras relaciones entre economía, sociedad, política y naturaleza. Para Fraser, la emancipación en el siglo XXI exige repensar las divisiones estructurales que han configurado las sociedades capitalistas.
Referencias bibliográficas
-
Harvey, David. (2003). The New Imperialism. Oxford University Press.
-
Luxemburg, Rosa. (1968). The Accumulation of Capital. Monthly Review Press.
-
Wallerstein, Immanuel. (1983). Historical Capitalism. Verso.